Treinta años después de su estreno original, Rent (alquiler) vuelve a reclamar nuestra atención desde el escenario del Teatro Fernán Gómez como una obra implacablemente viva, tan urgente y necesaria como en 1996. Lejos de presentarse como un monumento al pasado, este musical de Jonathan Larson —ganador de los premios Tony y Pulitzer— despliega un universo de amistad, amor, precariedad y resistencia en el Nueva York de los años noventa, resonando con inquietudes muy presentes en nuestro día a día.
La trama nos sitúa en un gélido almacén del Lower East Side neoyorquino, donde un grupo de jóvenes artistas lucha por crear y amar bajo la sombra constante del desahucio y la epidemia del VIH. A través de la lente de Mark, un cineasta que documenta la realidad, y la angustia de Roger, un músico que busca componer una última canción eterna, la obra teje un mosaico de vidas al límite: desde la tormentosa relación entre Maureen y Joanne, hasta la luminosa resiliencia de Angel y Collins o la vulnerabilidad de Mimi.
El libreto, inspirado libremente en La bohème, supuso en su momento una actualización radical del mito bohemio: ya no se trataba de la pobreza romántica del artista, sino de la precariedad real, de cuerpos y afectos sometidos a una presión constante. La dramaturgia y traducción de Adrián Perea recoge esa herencia sin suavizarla, al preservar la crudeza del texto y su dimensión colectiva, al tiempo que dota al conjunto de una fluidez escénica que permite que el conflicto avance sin perder tensión ni claridad.
Una dirección al servicio del presente y del conflicto
Desde esa base, la dirección de José Luis Sixto, con una amplia trayectoria en el ámbito del teatro musical –director residente de El último jinete, 40 El musical o Víctor/Victoria, y responsable de puestas como The Hole y El médico, el musical–, recupera el espíritu original de Rent como obra incómoda y profundamente política. Su experiencia en el género se refleja en el control del ritmo, en la gestión de los grandes números corales y en la forma precisa de conducir el trabajo actoral dentro de una estructura musical exigente. La propuesta conecta de forma directa con problemáticas plenamente vigentes —la escalada del precio del alquiler, la inseguridad habitacional, la persistencia de las ITS o la dificultad para forjar vínculos duraderos en un contexto de fragilidad emocional y aislamiento— sin necesidad de subrayados ni actualizaciones forzadas. Sixto deja que el material hable por sí mismo y que el espectador encuentre en escena un espejo de su propio presente.

En los primeros compases, sin embargo, percibí una cierta saturación rítmica. La acumulación de números musicales y transiciones cantadas, con escasos espacios de pausa, deja poco oxígeno al texto y dificulta la comprensión del entramado de relaciones. Esta densidad —consustancial a la estructura casi sung-through del original— plantea aquí un arranque exigente para el espectador, que recibe el material más por acumulación que por progresión narrativa. No es hasta la segunda parte cuando la pieza opera en sentido inverso: el relato encuentra un avance más orgánico, las trayectorias de los personajes se alinean y la función gana cohesión y una carga dramática notable. Es entonces cuando el conflicto emocional cala, finalmente, con toda su profundidad.
La música como motor dramático y declaración de intenciones
La dirección musical, los arreglos y la adaptación de César Belda apuestan por un sonido directo y contundente, sostenido por una formación de solo tres músicos que alcanza una presencia sonora notable. La propuesta refuerza el carácter crudo y urbano de la partitura de Larson y se aleja de un sonido demasiado homogéneo y de la dependencia del agudo brillante, tan habitual —y a menudo eficaz— en el musical clásico, pero que acaba haciendo que muchas propuestas suenen demasiado parecidas. Aquí el rock, el pop y el parlato son herramientas dramáticas de primer orden: La Vie Bohème funciona como un estallido colectivo de identidad y rebeldía; Seasons of Love articula el tiempo desde la emoción compartida y Take Me or Leave Me convierte el conflicto de pareja en un duelo vocal de claro pulso rockero. En definitiva, una diversidad bien entendida de registros, aunque en algunos pasajes la intensidad sonora dificulta que el texto se perciba con plena nitidez.
Un reparto coral y comprometido que construye una comunidad creíble en escena
El elenco funciona desde una lógica claramente coral, con historias entrelazadas que solo adquieren sentido en conjunto. En escena emerge un sentimiento de comunidad y pertenencia, cercano a la idea de una pequeña comuna casi revolucionaria. Luis Maesso interpreta a Mark Cohen, un joven observador y contenido, más atento a registrar el mundo que a ocuparlo, lo que refuerza su condición de testigo emocional del grupo. Frente a él, Pascual Laborda asume un Roger Davis marcado por la culpa y el bloqueo creativo, apoyado en una voz deliberadamente quebrada que subraya su fragilidad emocional y su dificultad para volver a implicarse afectivamente. Candela Camacho, como Mimi Márquez, actúa desde el polo opuesto: aporta impulso vital, vulnerabilidad y una presencia luminosa que tensiona y completa ese repliegue. La relación entre ambos encuentra uno de sus momentos más significativos en Light My Candle, donde atracción, deseo y amenaza de pérdida quedan expuestos sin filtros.
Carla Pulpón compone una Maureen Johnson expansiva y provocadora, dominadora del espacio escénico y plenamente consciente de su poder performativo. Su trabajo se apoya en la ironía, la fisicidad y una energía desbordante, con Over the Moon como uno de los momentos más representativos del personaje. En escena, Pulpón adopta por momentos una figura cercana a la de una rapsoda contemporánea, más interesada en la proclamación y la provocación que en el canto tradicional. Casi sin despegarse, Begoña Álvarez encarna a Joanne Jefferson, marcada por el control y la racionalidad, en claro contrapunto a la explosividad de Maureen. El conflicto de pareja se expresa con especial nitidez en Take Me or Leave Me, un enfrentamiento frontal donde afloran las fricciones entre afecto, identidad y necesidad de límites.

El vínculo entre Adrián Amaya y Tiago Barbosa concentra uno de los núcleos dramáticos más sólidos del montaje. El primero construye un Angel luminoso y generoso, mientras el segundo compone un Tom Collins apoyado en la escucha y la contención. Tras la muerte de Angel, I’ll Cover You (Reprise) se convierte en uno de los momentos más conmovedores de la función donde la voz de Barbosa toma el control absoluto del escenario para sacarnos una lágrima y confirmar su solvencia y autoridad dentro del teatro musical. Por último, Tatán Selles interpreta con convicción a Benjamin Coffin III, antiguo amigo de Mark y Collins que ahora actúa como casero del grupo. Su Benny encarna de forma directa la traición a los ideales bohemios: alguien que formó parte de la comunidad y que, al integrarse en el sistema, pasa a ejercer la presión económica sobre quienes siguen resistiendo.
Lenguaje escénico colectivo y áspero al servicio del relato
Otro elemento esencial son las coreografías de Analía González, integradas con naturalidad en el conjunto y deliberadamente ruidosas, en sintonía con el pulso urbano del montaje. La propuesta apuesta por coreografías distributivas, fragmenta y reparte la acción por el espacio escénico, y utiliza la danza como un gesto de oposición y resistencia, donde el movimiento del grupo expresa conflicto, rechazo y voluntad de rebelión. La construcción visual del montaje se apoya en un trabajo coordinado de escenografía, iluminación y videoescena. La escenografía de Juan Sebastián Domínguez configura el espacio mediante paneles móviles y refuerza la sensación de marginalidad y tránsito. El diseño de iluminación de Juanjo Llorens consolida un tono lúgubre y frío, con claroscuros marcados y un uso simbólico del color. Por último, la videoescena de Elvira Ruiz Zurita introduce proyecciones y el uso puntual de cámara en directo por parte de algunos protagonistas, afinando el carácter de reportaje que atraviesa el montaje.
Rent acierta al apostar por lo colectivo, la emoción directa y un lenguaje escénico áspero, a veces incómodo, pero coherente y honesto con lo que cuenta. Frente a la exclusión, el miedo y la pérdida, la amistad, el amor y la creación continúan siendo formas de resistencia y el teatro, el mejor medio para darles voz.
Libreto, música y letras: Jonathan Larson.
Dirección y adaptación: José Luis Sixto
Dirección musical, arreglos y adaptación: César Belda
Coreografía: Analía González
Dramaturgia y traducción: Adrián Perea
Traducción y adaptación: Andrea Rodríguez
Reparto: Luis Maesso, Pascual Laborda, Candela Camacho, Tiago Barbosa, Adrián Amaya, Carla Pulpón, Begoña Álvarez, Tatán Selles.
Compañía: Ailen Maciel, Clara Peteiro, Juls Valls, Paula Cedillo, Nuria Torrentallé, Andreu Mauri, Andoni García, Rubén Buika y Josh Huerta.
Capitana de danza: Nuria Torrentallé.
Banda: Dirección musical/teclado: César Belda. Guitarra: Alejandro Sánchez. Bajo: Arturo Ruiz. Batería: Armando Capilla Delgado
Diseño de iluminación: Juanjo Llorens
Diseño de sonido: Adrián Galones
Diseño de videoescena: Elvira Ruiz Zurita
Diseño de vestuario: Pier Paolo Alvaro y Roger Portal Cervera
Diseño de escenografía: Juan Sebastián Domínguez
Diseño de maquillaje y peluquería: Aarón Vollbrecht
Utilería: Maru Domínguez y Adriana Rak
Ayudante de dirección: Nacho Redondo
Ayudante de coreografía: Melisa Fucci
Ayudante de videoescena: Margo García
Dirección de producción y producción ejecutiva: Rocío Bilbao
Jefe de producción: Fernando Daubler
Coordinadora de producción: Mónica Huerta
Dirección técnica y regiduría: Guillermo Fernández
Jefa de prensa: María Díaz
Comunicación, marketing y web: Mihi Dirkene
Diseño de logo: María La Cartelera
Realización, ambientación y tinte de vestuario: Jota Studio Costume (Tania y Anne)




