En todas las casas cuecen habas, y en el Teatro Arlequín hoy llegan a la mesa bien calientes. Una excusa perfecta abre las puertas de la familia como ese territorio propicio para el enredo donde la confianza lo justifica todo y cualquier visita detona lo inesperado. En este hogar, las habas hierven entre una guarnición de mentiras piadosas y enredos magistrales que nos hacen sospechar que, en el fondo, todos protagonizamos un poco esta comedia.
La paz doméstica de Raúl y Candi salta por los aires en cuanto los suegros cruzan el umbral. Lo que en cualquier otra casa sería una visita de cortesía se convierte aquí en una invasión en toda regla, con dos bandos claramente definidos: un hijo decidido a “jubilar” a sus padres y unos mayores que se resisten a ser apartados y utilizan el enredo como escudo. La obra aprovecha este choque frontal para sacar a relucir reproches que solo afloran entre parientes y demostrar que, en el campo de batalla familiar, la mejor defensa siempre es un buen ataque dialéctico.
El éxito de la función reside en la inteligencia del libreto de Ana Rivas, responsable de comedias de éxito como La madre que me parió o Amigas de verdad, quien vuelve a demostrar una sorprendente capacidad para retratar la vida familiar con precisión y humor. Cada personaje está cuidadosamente construido, con una idiosincrasia propia y un rasgo característico que lo hace reconocible: desde los hijos desbordados por sus planes hasta los mayores que, lejos de estereotipos, despliegan ingenio y vitalidad. Rivas consigue que el humor nazca de la frustración y de los secretos que nadie se atreve a confesar, con malentendidos, momentos de tensión y situaciones cómicas propias de cualquier hogar. En la parte central de la obra noto un ligero letargo o repetición de ideas, aunque enseguida surgen giros y revulsivos que renuevan la comicidad y mantienen la atención, sorprendiendo continuamente.
A mi juicio, la obra funciona también como un homenaje a los mayores, siempre presentes con ingenio, afecto y paciencia. Los conflictos cotidianos provocan la risa, pero al mismo tiempo dejan entrever esa ternura y complicidad que realmente sostiene a una familia. Es un recordatorio de que, detrás de cada enredo y contestación, persiste un afecto firme que une a padres e hijos por encima de cualquier excusa, por perfecta que sea.
La dirección de Esteve Ferrer destaca por mantener un delicado equilibrio — que recuerda, salvando las distancias de género, a la atmósfera de la célebre obra de Edward Albee— donde la aparente armonía del hogar se tambalea bajo el peso de las verdades no dichas. Ferrer, con su vasta experiencia en comedia, maneja con atino la tensión de unos personajes listos para desatar el caos con cualquier frase o réplica fuera de lugar. Gracias a su mano experta, lo que podría haber sido un mero enredo de malentendidos se convierte en una comedia ágil y entretenida, capaz de emocionar sin perder el humor, y, de manera poco habitual, resulta especialmente disfrutable para público de mayor edad.
Nada de esto sería posible sin un reparto que funciona con precisión milimétrica. La sincronía entre los seis actores es evidente y el peso de la función se reparte con naturalidad de unos a otros. Lidia San José encarna a Candi, madre de dos adolescentes y verdadero pilar del hogar, con una presencia que sostiene toda la dinámica de la obra. Su interpretación transmite con credibilidad el cansancio de quien se siente sobrepasada por los conflictos cotidianos, pero también el afecto y la fuerza que mantienen cohesionados a los suyos. Verla en escena es un auténtico placer: carismática, convincente y sorprendentemente cercana. Casi sin despegarse, David Carrillo vuelve a brillar como un habitual de este tipo de comedias en el papel de Raúl, un hipocondríaco lleno de miedos pero con sentido del humor y formación impecable. Su interpretación combina precisión, inflexiones de voz y matices que hacen del personaje alguien creíble y memorable, capaz de generar tanto tensión como comicidad en cada escena.
Al otro lado del Mississippi, Charo Zapardiel, Teresa Guillamón y Mariano Venancio dan vida a los padres y madres de las criaturas y son los encargados de enredar y sostener las tramas. La primera interpreta a Candelaria, una viuda sin filtros ni contención, que dice y hace lo que le viene en gana, a menudo con más razón de la que el resto está dispuesto a admitir. Sus frases directas y sus incorrecciones lingüísticas funcionan como un acicate constante para la risa y actúan como un pequeño revulsivo dentro del engranaje familiar. Guillamón y Venancio, padres de Raúl, dan forma a un matrimonio de corte clásico, reconocible y bien definido. Ella encarna a una madre protectora, firme en sus convicciones y dispuesta a defender a su hijo por encima de cualquier circunstancia. Su interpretación resulta natural y honesta, sin excesos, apoyada en una verdad escénica que conecta de inmediato con el público. Él, como padre y abuelo, aporta experiencia y autoridad, construyendo un personaje directo y eficaz, cuya aparente firmeza se desactiva en cuanto su mujer toma la palabra. Este trío forma un conjunto con tal entidad y juego interno que uno imagina sin dificultad sus conflictos extendidos en formato de serie.
La escenografía de Asier Sancho recrea con precisión el interior de un salón de decoración minimalista, un espacio que facilita el movimiento y las entradas y salidas del reparto. La iluminación de Carlos Alzueta acompaña la acción y subraya los momentos clave sin llamar la atención sobre sí misma. El conjunto genera la sensación de que el espectador es un ojo indiscreto que sigue de cerca las andanzas de esta familia, que, por peculiar que parezca, bien podría ser la de cualquiera de nosotros; y ahí radica gran parte del éxito de la función.
Dramaturgia: Ana Rivas
Dirección: Esteve Ferrer
Reparto: Lidia San José, David Carrillo, Charo Zapardiel, Teresa Guillamón, Mariano Venancio
Escenografía: Asier Sancho
Iluminación: Carlos Alzueta



