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Año IXNúmero 440
25 ENERO 2026

Ricardo III: mi reino por un caballo

Imagen promocional de la representación
Imagen promocional de la representación
Una tragedia de ambición y traición, llevada al límite bajo la dirección de Nicolás Pérez Costa, que convierte el poder en un espectáculo implacable

En el Teatro Infanta Isabel, “Ricardo III” desgarra el escenario en una pesadilla cruda, donde el poder se desnuda sin piedad. Bajo la dirección de Nicolás Pérez Costa, Shakespeare refleja nuestra era de traiciones: el verbo arde, el ritmo martillea y el cuerpo se erige en verdugo y víctima.

Escrita entre 1952 y 1954, estamos ante una de las tragedias históricas más afiladas de William Shakespeare. En ella narra el ascenso y caída de Ricardo (Nicolás Pérez Costa), duque de Gloucester, un villano carismático y deformado que manipula y asesina para conquistar el trono de Inglaterra durante las Guerras de las Rosas. Tras la victoria de su hermano Eduardo IV (Juan Miguel Talaveras), emprende una calculada escalada de poder: elimina a su hermano Clarence (Alex Rojo), a los jóvenes príncipes herederos y a aliados como Buckingham (Goizalde Núñez), incluso seduce a Lady Anne (Patricia Domínguez), viuda de una de sus víctimas, en una de las escenas más perversas y brillantes del teatro isabelino.

Por tópico que parezca, recrear una tragedia de Shakespeare siempre supone un desafío mayúsculo y Ricardo III no es la excepción. A pesar de su importancia dentro del canon universal, las versiones anteriores en España han sido sorprendentemente escasas, lo que hace de cada nuevo proyecto un doble reto: mantener la complejidad del texto y, al mismo tiempo, facilitar su comprensión al público contemporáneo. No obstante, conviene acercarse a la obra con cierto conocimiento previo de la trama y los personajes para seguir con facilidad la intrincada red de felonías, alianzas y asesinatos.

La propuesta de Nicolás Pérez Costa nace del deseo de devolver al teatro su fuerza más primigenia: el cuerpo como motor de destrucción. No se busca recrear la época histórica, sino transmitir la sensación de un tiempo que podría ser cualquiera… incluso el nuestro. Su batuta sumerge al espectador en un mundo donde Shakespeare habla directamente de nosotros, mostrando la corrupción y la marginación social y el resentimiento que esta provoca; temas que, aún hoy, el teatro debe tener el valor de poner frente al espectador.

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Un instante de la representación

Pérez Costa, con su bagaje en producciones de corte histórico como “Juana la Loca” y “Dos tronos, dos reinas”, opta por un universo distópico y anacrónico que despoja la obra de historicismo para anclarla en un territorio crudo e impactante. Su dirección impulsa con fuerza esta versión, huyendo de la solemnidad académica y apostando por la intensidad física y emocional, convirtiendo cada instante en un espacio de conflicto y vértigo. Los diálogos trascienden la palabra hablada: cada gesto, mirada y movimiento acrecienta la violencia y la manipulación del protagonista, transformando el texto en acción pura sobre las tablas.

Otro de los elementos disruptivos es la puesta en escena supervisada por Ana Belén Beas. El escenario se presenta obscuro, casi preindustrial y fragmentado, habitado por los restos de un mundo derruido: barriles, escaleras, hierros y vestigios de un reino corroído. No hace falta una escenografía apabullante para transmitirlo; la fuerza visual y simbólica surge de la disposición de los materiales y de cómo los actores interactúan con ellos. La música, compuesta por Pablo Flores Torres, contribuye a caldear la atmósfera, pero la verdadera singularidad reside en el uso de los elementos escénicos como percusión, de nuevo con el sello de Beas: las estructuras metálicas y los objetos cotidianos producen sonidos fuertes, sincopados y marciales que marcan el ritmo de la acción y configuran un terreno vivo y peligroso.

El reparto, conformado por diez actores, responde con plena entrega a la causa escénica, potenciando al máximo la fisicidad que la dirección exige. Cada intérprete traduce la tensión del texto en movimiento y energía, construyendo un campo de batalla donde cuerpo y palabra disputan el poder.

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Nicolás Pérez Costa en un instante de la representación

Todas las miradas están puestas en Nicolás Pérez Costa con una actuación soberbia como Ricardo. Deformado física y mentalmente y consumido por un deseo urgente de trascender, evoluciona de maquinador calculador a ejecutor inclemente y para coronarse no duda en fabricar una escalera cuyos peldaños son los cuerpos de quienes lo rodean. En sus ojos no hay piedad ni clemencia, solo maldad y soledad contenidas que atraviesan el escenario. Entre sus primeras víctimas, Alex Rojo da vida a Clarence, su hermano, cuya vulnerabilidad frente a la ambición desmedida y las deslealtades familiares subraya la crueldad del protagonista. La interpretación de Pérez Costa exige un gran trabajo físico y mental, y el actor y director argentino encarna esta dualidad con maestría, al transformar la tragedia en una experiencia intensa y sobrecogedora.

Marcada por pérdidas devastadoras —hijos, marido, aliados—, Isabel, interpretada por Ana Belén Beas, asume el personaje que más sufre en una actuación profundamente humana. Beas, a quien estamos acostumbrados a ver en papeles más cómicos, siente el dolor de quien ve su mundo desmoronarse. Su sufrimiento funciona como un contrapunto poderoso frente al cinismo de Ricardo. Por su parte, Goizalde Núñez, como Buckingham, ofrece una de las actuaciones más sólidas de la obra. Captura la angustia del personaje con precisión, mostrando cómo su lealtad y cálculo se ven atrapados en la red de traiciones del duque de Gloucester. Patricia Domínguez, como Lady Anne, viuda de Eduardo e hija de Enrique VI, añade un matiz de vulnerabilidad y resistencia: su interpretación refleja el duelo y la lucha frente a las estratagemas.

Entre los aliados y víctimas de Ricardo, Brian Huallamares (Catesby), Omar Díaz (Rivers) y Hugo Coello (Hastings) representan la lealtad que se ve arrastrada por la violencia del duque de Gloucester, mostrando cómo incluso los aliados más fieles pueden convertirse en víctimas de la tiranía. Zonia Lostaunau, como Margarita, profetiza desgracias sobre el protagonista y aporta la condena moral que recuerda sus crímenes. Finalmente, Juan Miguel Talaveras, en el breve papel de Rey Eduardo IV, simboliza la autoridad y la estabilidad que el villano socava desde el inicio.

Al final, “Ricardo III” hiere, fascina y permanece como un clásico que conserva toda su fuerza: la ambición, el complot y la maldad laten con ímpetu en cada escena, recordándonos que Shakespeare sigue hablándonos con la misma urgencia que hace siglos. La dirección de Pérez Costa convierte la tragedia en un organismo implacable, donde el peligro y la tensión dominan cada rincón del escenario. Y cuando resuena el clamor desesperado de “¡Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo!” queda claro que incluso los deseos más extremos y la codicia más desmedida pueden derrumbar imperios y conciencias.

Adaptación y Dirección: Nicolás Perez Costa Reparto: Nicolás Pérez Costa, Goizalde Núñez, Ana Belén Beas, Zonia Lostaunau, Patricia Domínguez, Juan Miguel Talaveras, Brian Huallamares, Omar Méndez, Álex Rojo y Hugo Coello
Diseño de iluminación: Nicolás Pérez Costa
Coordinación Artística: Laura Ojeda
Música: Pablo Flores Torres
Diseño de Percusión Escénica: Ana Belén Beas
Fotografía: José Ángel Fernández de Córdoba
Técnico de sonido e iluminación: Alba Santiago
Producción: El Tío Caracoles, IFAM
Comunicación: Carlos Rivera Comunicación

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