En el Teatro Maravillas el matrimonio aparece como un acuerdo revisable, plagado de cláusulas incumplidas y agravios acumulados. Convivir deja de sonar a promesa y empieza a parecer una guerra de desgaste, librada a base de memoria selectiva, silencios estratégicos y reproches de baja (o alta) intensidad. El humor asoma pronto, no como alivio, sino como munición: precisa, incómoda y peligrosamente reconocible.
Marga (Marta Hazas) y Jaime (Javier Veiga) deciden poner fin a su matrimonio convencidos de que la separación será sencilla y civilizada. No hay hijos, ni mascotas, ni grandes ataduras que obliguen a prolongar el adiós, hasta que aparece el verdadero núcleo del conflicto: la casa. Ninguno está dispuesto a marcharse y ambos reclaman ese espacio cargado de memoria compartida. A partir de ahí, la ruptura deriva en un enfrentamiento abierto en el que emergen reproches antiguos, heridas mal cerradas y una convivencia que ya solo sabe expresarse desde el choque, dejando al descubierto las fisuras del desamor y los restos de afecto que todavía persisten.
Una comedia teatral más sobre parejas… o eso parece. El punto de partida apunta a una comedia de pareja al uso, pero pronto queda claro que la obra no se conforma con hablar del desgaste sentimental o de la convivencia prolongada. El texto de Javier Veiga (5 y …Acción, Amigos hasta la muerte) utiliza la relación como superficie de trabajo para desplazarse hacia otros asuntos: la exposición de lo íntimo, la erosión del pudor y la conversión del conflicto privado en materia visible. Resulta casi alucinante la cantidad de ideas, giros y situaciones que el autor es capaz de encadenar a partir de un planteamiento aparentemente sencillo, con una imaginación desbordante y un sentido del humor muy afinado.
La forma de articular la trama podría leerse, en un primer momento, como una suerte de distopía doméstica. Sin embargo, pensada con distancia, la sensación es otra: quizá no haya exageración alguna y estemos ante un espejo apenas deformado de nuestro presente. El libreto evita acomodarse en una estructura estable y avanza desde la imprevisibilidad. Cuando el enfrentamiento parece asentarse y entrar en una dinámica reconocible, surgen constantes revulsivos y elementos disruptivos que alteran el ritmo, reordenan la escena y vuelven a activar la tensión.
Uno de los grandes aciertos del libreto reside en su uso dramático de la exposición. Lo que comienza como un ajuste de cuentas verbal deriva progresivamente hacia una exhibición consciente de la intimidad, donde los personajes ya no discuten para convencerse entre ellos, sino para imponerse ante una mirada externa. Esa deriva introduce una dimensión metateatral clara: el conflicto deja de ser solo de pareja y pasa a funcionar como acto performativo, como puesta en escena del daño. El teléfono móvil y las pantallas cierran el arco temático con especial lucidez. Lejos de funcionar como un recurso accesorio, actúan como síntoma de una época y como detonante de la fractura emocional.

Sobre el papel, la acumulación de estímulos y recursos puede parecer excesiva, incluso algo forzada en determinados momentos. Sin embargo, una vez puesta en práctica, esa abundancia es eficaz, mantiene la energía del espectáculo y activa de forma constante la respuesta del público, quien tendrá un papel protagonista.
La dirección del propio Veiga asume con inteligencia el carácter expansivo del texto. La propuesta descansa en una escenografía simbólica y de naturaleza digital, presidida por un teléfono móvil gigante que funciona como tótem contemporáneo. La gran pantalla invade el salón y condiciona la mirada desde el inicio, con pequeñas sorpresas que refuerzan la idea de exposición y dependencia. La metáfora resulta clara —casi insuficiente— frente al lugar real que estos dispositivos ocupan hoy en nuestras vidas. El ritmo alterna aceleraciones y pausas con naturalidad, dejando convivir el humor con momentos de mayor fricción. Todo parece calculado, aunque el conjunto juegue a parecer desbordado.
Aquí la condición de pareja fuera del escenario sí importa. Marta Hazas y Javier Veiga se entienden a la perfección sobre las tablas, quizá incluso mejor que en la vida cotidiana. Esa complicidad sostiene el cara a cara y hace creíble el conflicto. Lo que ocurre en escena funciona como un toma y daca ágil y preciso, con una química que permite pasar del humor al choque directo con absoluta naturalidad.
Marta Hazas construye el personaje desde la sutileza: una tranquilidad desarmante y una dulzura aparentemente inofensiva… hasta que, cuando menos te das cuenta, ¡pum!, llega el golpe. El trabajo apoya su fuerza en el control del tempo y en una calma aparente cargada de intención, muy eficaz en los cambios de registro y en los momentos de mayor tensión. Por su parte, Javier Veiga plantea un personaje más directo e impulsivo, con una carga emocional muy visible. Levanta una fachada de masculinidad tóxica, firme y autosuficiente, que pronto deja ver sus grietas y termina por no poder sostener. La interpretación avanza desde la energía y el arrebato hacia una fragilidad cada vez más expuesta. Al final, nadie queda por encima del otro: tanto monta, monta tanto, dos maneras distintas de estar en el conflicto… y de no terminar de salir de él.
Nunca un espectáculo ha hecho tanto honor a su título. Un matrimonio sin filtros enseña lo que casi nunca se enseña: la discusión sin maquillaje, el desgaste sin disimulo y la intimidad puesta a la vista de todos. Aquí no hay paños calientes ni ganas de quedar bien. Solo una pareja expuesta, un público mirando… y la incómoda sensación de que eso no queda tan lejos de casa.
Texto y dirección: Javier Veiga
Reparto: Marta Hazas y Javier Veiga
Escenografía: Alejandro Andújar
Ayudante de escenografía: Jaime Moreno Carrero
Vestuario: Cortefiel · Sara Fernández
Iluminación: Oriol Pàmies
Espacio sonoro: Alfred Tapscott · Javier Veiga
Música: Alfred Tapscott
Videoescena: Álvaro Luna
Ayudante de videoescena: Alba Trapero
Producción: MedioLimón, Okapi Producciones, Grupo Smedia, Verteatro
Jefa de producción: María Álvarez
Ayudante de producción: Pepe B. Pérez
Fotografía: Manolo Pavón
Asesor rap: Hazhe




