Hay espectáculos que triunfan. Y luego están aquellos que logran algo más complejo: instalarse en el imaginario colectivo. The Book of Mormon pertenece a esa segunda categoría. A punto de despedirse de Madrid tras tres temporadas y más de 600.000 espectadores, el musical más premiado de la historia de nuestro país confirma tanto su éxito como la vigencia de una propuesta que convierte la irreverencia en lenguaje universal.
La premisa mantiene intacta su eficacia: dos jóvenes misioneros son enviados a Uganda con la misión de predicar su fe en un entorno que opera bajo códigos diametralmente distintos. Ese choque de realidades articula el libreto de Trey Parker, Matt Stone y Robert López, con el humor como principal motor, y construye en superficie una comedia de ritmo vertiginoso basada en el gag constante y en un humor que incomoda y descoloca al espectador. Bajo esa capa, la obra despliega una sátira afilada en torno a la religión organizada, el colonialismo cultural y la mirada occidental hacia otras realidades, al tiempo que plantea una reflexión sobre la necesidad humana de encontrar sentido a lo que ocurre, incluso cuando el relato presenta grietas evidentes.
La adaptación de Alejandro Serrano y David Serrano resulta clave en el funcionamiento del conjunto. Su trabajo no pasa por trasladar el texto de forma literal; reinterpretan el humor desde códigos reconocibles para el público español. Ajustan referencias, afinan el lenguaje y reformulan el chiste para mantener intención y ritmo, algo especialmente complejo en un libreto donde la comicidad depende tanto del contexto cultural. El resultado fluye con naturalidad y conserva la esencia del original. La dirección del propio David Serrano ordena ese material con un control riguroso del ritmo. Bajo una apariencia de caos, la función avanza con fluidez, encadena números sin perder tensión y mantiene un equilibrio constante entre lo irreverente y lo emocional.
La música actúa como uno de los grandes motores del espectáculo. Una de sus particularidades reside en la construcción de números musicales extensos con una energía constante. Funcionan con tal precisión y sentido del ritmo que dejan esa sensación poco habitual de querer verlos en bucle. Las letras combinan agudeza y absurdo con gran eficacia, apoyadas en melodías pegadizas y una estructura musical versátil. La partitura alterna números de gran impacto —como el clásico “¿Qué tal?”o “Hasa Diga Eebowai” — con otros de mayor carga narrativa – “Estoy aquí contigo” o “Creo en Dios”– lo que permite desarrollar personajes y sostener la progresión dramática. Con Isbel Noa, pianista y segunda directora musical al frente, la música avanza con fluidez, encaja con precisión en la función y refuerza el tono sarcástico que recorre la obra.

El elenco impulsa el espectáculo con una energía constante y bien calibrada. La función no pierde pulso en ningún momento: siempre ocurre algo en escena o aparece un elemento revulsivo que empuja la acción hacia delante. Incluso cuando el desarrollo se relaja, surge un giro, un gesto o una réplica que reactiva la situación y devuelve la atención de inmediato.
La pareja protagonista encuentra en Alexandre Ars y Alejandro Mesa un eje muy sólido. Ars compone un Elder Price seguro, ambicioso y con una presencia escénica definida, apoyada en un trabajo vocal firme. Destaca especialmente su afinación en los pasajes a capella, con un “Creo en Dios” sobresaliente. Su interpretación evoluciona con claridad a medida que el personaje pierde control sobre la situación y suma matices que enriquecen el recorrido.
Frente a él, Alejandro Mesa vuelve a demostrar su dominio del género. Lleva el personaje desde el estreno y no ha perdido ni un ápice de frescura, con una vis cómica y una ironía bien medida. Su Elder Cunningham crece a lo largo de la función, gana presencia y termina por ocupar un lugar central con naturalidad. La relación entre ambos articula buena parte del ritmo escénico y vuelven a convertirse en la pareja masculina de la temporada.
Entre los misioneros, Albert Bolea destaca como Elder McKinley por su vis cómica, su capacidad para generar hilaridad y un histrionismo sin sobreactuación, especialmente en “Apágalo”, resuelto con precisión y energía. El resto de los “soldados de Cristo” acompaña con un trabajo coral homogéneo, da cohesión a las escenas grupales y refuerza el tono irreverente de la función.

En el lado ugandés, Aisha Fay construye una Nabulungi que actúa como contrapeso emocional. Combina determinación y sensibilidad, con un trabajo muy cuidado, especialmente en “Sal Tlay Ka Siti”, donde encuentra uno de sus momentos más destacados. A su lado, Jimmy Roca compone un Mafala Hatimbi marcado por la tensión y la amenaza constante. Las intervenciones de los secundarios enriquecen este bloque, desde el personaje interpretado por Álvaro Siankope, con su problemilla testicular, hasta Kevin Tuku como antagonista. En un número coral concreto, la performance del conjunto resulta directamente desternillante.
Las coreografías de Iker Karrera aportan uno de los impulsos más claros del espectáculo. Los números combinan precisión y exigencia física con un sentido del ritmo muy afinado y refuerzan el carácter lúdico del montaje. El choque entre el entusiasmo casi ingenuo de los mormones y la realidad que les rodea también aparece en el movimiento y resulta evidente en escena. El vestuario de Ana Llena define ese contraste con nitidez, desde la uniformidad impecable de los misioneros hasta la diversidad del entorno ugandés. La caracterización de Esther Redondo, por su parte, introduce un matiz más expresivo, con un trazo entre lo caricaturesco y lo reconocible, y suma capas al conjunto visual.
La escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda responde con solvencia a la ambición del montaje. A través de estructuras móviles, articula con agilidad el paso entre Estados Unidos y Uganda y mantiene la fluidez de la función. El diseño incorpora una metáfora clara —impulsada desde la dirección de David Serrano— que apunta a la lógica de trasladar lo que sobra de un contexto a otro. Esa idea, integrada en la propuesta visual, subraya el contraste entre ambos mundos y refuerza el trasfondo satírico sin necesidad de enfatizarlo. ¡Larga vida a esta evangelización escénica por España! donde la sátira sustituye al dogma y la risa actúa como única forma de fe.
Producción: Som Produce
Adaptación y dirección: David Serrano
Director musical: Joan Miquel Pérez
Reparto: Reparto: Alexandre Ars, Alejandro Mesa, Jan Buxaderas, Albert Bolea, Jimmy Roca, Aisha Fay, Jesús González, Juan Antonio Plazas, Bittor Fernández, Guillermo Arenas, Nicolás Colomer, Álvaro Siankope, Kevin Tuku, Jorge Enrique Caballero, Armando Valenzuela, Ricardo Nkosi, Beatriz Santana, Stella Kablan, Betiza Bismark, Camino Moreno, Yacine Dieye, Vanelyss Ventura, Nyeleti Tomas, Rone Reinoso, Javier Aguilera, Raimon Ferrer, Óscar Bustos.
Coreografías: Iker Karrera
Diseño de iluminación: Carlos Torrijos
Diseño de escenografía: Ricardo Sánchez-Cuerda
Diseño de vestuario: Ana Llena (Aapee)
Diseño de caracterización: Esther Redondo
Diseño de sonido: Gastón Briski
Producción técnica: Guillermo Cuenca
Producción artística: Carmen Márquez
Ayudante de dirección: Maite Pérez Astorga
Dirección de casting: Carmen Márquez, Carmelo Lorenzo y Blanca Azorín
Director técnico: Javier Ortiz
Traducción y adaptación de las canciones: Alejandro Serrano / David Serrano
Producción Ejecutiva: Marcos Cámara / Juanjo Rivero
Productores: Pilar Gutiérrez, Marcos Cámara y Juanjo Rivero





