Pulgarcito ya no teme al ogro; teme la factura del alquiler, la inestabilidad laboral y la sospecha persistente de no estar a la altura. La pieza encuentra en Chulona Mía el marco idóneo para esa confesión generacional: un espacio autofinanciado donde la proximidad obliga a ir de frente. En salas así —sostenidas por riesgo y vocación— germinan muchas de las propuestas emergentes que alimentan el tejido teatral madrileño, lejos del escaparate institucional pero cerca de la verdad incómoda que impulsa a crecer… o a resistirse a hacerlo.
El punto de partida es sencillo y, a la vez, revelador: una joven compañía ensaya un montaje mientras afronta sus propias incertidumbres laborales y vitales. La obra articula dos historias que terminan por confundirse: por un lado, un dramaturgo intenta escribir a partir del mito de Pulgarcito para ordenar las tensiones que arrastra tras abandonar la casa familiar; por otro, el propio personaje del cuento afronta su independencia en un Madrid atravesado por figuras fantásticas y realidades poco complacientes. A medida que ambas líneas se entrecruzan, la frontera entre ficción y experiencia personal se difumina y aflora una pregunta común: cuánto de lo que somos responde a los relatos que hemos heredado.
La dramaturgia de Luis Fernández Ruz (“Batallando: La vida es sueño”) parte de una intuición fértil: resignificar el cuento para interrogar el presente. La operación resulta valiosa porque toma un material aparentemente sencillo, casi infantil, y lo desplaza hacia un territorio complejo y actual. Esa transformación revela un trabajo minucioso de escritura y de arquitectura escénica. En varios momentos me remitió a las funciones descritas por Vladímir Propp, aquí tensionadas por la experiencia contemporánea. El relato tradicional funciona como superficie reflectante: el cuento habla del autor, el autor proyecta su biografía en el personaje y la compañía encuentra en ambos un espejo incómodo. De ahí emerge un componente claro de autoficción, donde vida y fábula avanzan entrelazadas hasta volverse difíciles de distinguir.

El texto incorpora de forma explícita el proceso creativo como materia dramática. El ensayo, la duda, la reformulación y el error forman parte del espectáculo y adquieren peso narrativo. La prueba constante impulsa la acción y deja a la vista el trabajo colectivo que la sostiene. Desde ese juego metateatral, realidad y representación vuelven a desdibujarse y el público asiste tanto a la construcción del relato como a sus grietas. El planteamiento de Fernández Ruz resulta meritorio por la exposición del riesgo y por la honestidad del dispositivo. Ahora bien, la extensión y la acumulación temática provocan cierta reiteración en algunos tramos y restan precisión a un conjunto que ganaría fuerza con mayor síntesis.
La dirección de Elba Airoa y Luis Fernández Ruz responde a una forma de hacer teatro muy presente en la escena actual: la hibridación de lenguajes. El trabajo actoral dialoga con la manipulación de objetos y figuras, mientras la cámara en vivo y los elementos audiovisuales amplían el espacio escénico y desplazan el punto de vista. Todo forma parte de una misma lógica expresiva. Lejos de una exhibición técnica, los recursos se articulan con intención y, cuando la calibración es precisa, como en este caso, potencian el tono satírico y amplían la lectura sin restar fuerza al núcleo dramático.
Ese planteamiento evidencia un conocimiento sólido de los procesos de creación por parte de los directores (“Habla, habló, hablé”) y una puesta en escena que admite la duda como parte del recorrido. Los intérpretes entran y salen de su rol, comentan la acción o cuestionan lo que acaba de suceder, lo que intensifica el cruce entre ficción y realidad ya planteado. No obstante, en algunos tramos, la repetición de este mecanismo reduce el impacto del recurso y genera cierta saturación. Destaca también el uso inteligente de la iluminación: con recursos limitados, construye atmósferas definidas y marca transiciones con eficacia, lo que demuestra que la imaginación suple la falta de despliegue técnico.

Antes de entrar en los trabajos individuales, conviene señalar la solidez del conjunto. Somos Nadie Compañía muestra cohesión, escucha y una entrega constante, claves para sostener el ritmo de la función. Todos asumen en distintos momentos la narración y desplazan la perspectiva de la acción; este recurso imprime agilidad y mantiene despierta la atención del público.
Mario Saura asume la figura del propio Luis Fernández Ruz con notable pertinencia desde el inicio. Su introito sitúa al espectador y fija el marco del juego escénico con claridad. Destaca la carga de verdad con la que construye el personaje y la transparencia de su interpretación, esenciales para sostener la dimensión autoficcional del montaje. También resulta significativo su trabajo como padre, figura clave en el desarrollo de la obra, al que aporta experiencia y una autoridad serena que equilibran el conflicto generacional. A su vez, Luis Fernández Ruz encarna en escena a Mario Saura y completa así el juego de espejos que vertebra la pieza. Una decisión tan sutil como inteligente. Y hasta ahí puedo leer.
Pulgarcito encuentra en Javier Arribas un intérprete con inteligencia y una fisicidad clara. Evita el trazo ingenuo y compone un personaje contemporáneo, vulnerable pero firme; ese dedo que señala condensa su determinación. Aporta energía e implicación y, en los momentos metateatrales, deja ver un nervio que refuerza su presencia en escena. Casi sin despegarse, Lola Bejarano está muy acertada como Laura, amiga de Pulgarcito y figura clave en su acogida. Maneja con solvencia los cambios de registro y resuelve con eficacia un par de giros decisivos en la construcción del personaje. Su interpretación conserva un ligero halo de misterio, como si siempre fuera un paso por delante.
Elena Boreal construye un personaje marcado por la escucha. Es esa amiga que no juzga, a la que uno acudiría para contarle todo, desde la naturalidad y la cercanía. Además, asume otra figura relevante en la vida del protagonista y, en ese desplazamiento, despliega una energía más afirmativa. Hay en ella una vitalidad contagiosa que sostiene y dinamiza cada intervención. Por último, Ainhoa Hevia Uría imprime contundencia y determinación. Marca el ritmo cuando la escena lo exige y resuelve con eficacia sus apariciones. Destaca especialmente en su papel de la ansiedad, trazado con una voz segura, casi ensordecedora, de acento tajante y efecto claustrofóbico. Un trabajo intenso y de fuerte impacto.
En conjunto, la obra confirma la madurez de un equipo con criterio y ambición formal. Hay trabajo, hay riesgo y, sobre todo, una voluntad clara de dialogar con el presente desde el teatro. El montaje deja una impresión honesta y vibrante, sostenida por una mirada que convierte el escenario en un espacio de búsqueda real, donde aún se piensa en voz alta.
Dramaturgia: Luis Fernández Ruz
Dirección de escena: Elba Airoa y Luis Fernández Ruz
Reparto: Elena Boreal, Ainhoa Hevia Uría, Lola Bejarano, Javier Arribas y Mario Saura
Producción: Somos Nadie Compañía
Ayudante de producción: Yatsil González
Iluminación: Jose Carlos González
Escenografía y diseño gráfico: Stella Binge
Diseño de sonido: Miquel Rossy






