El duelo rara vez encuentra en escena un territorio cómodo. Su naturaleza desordenada, contradictoria y a menudo absurda desafía cualquier estructura dramática convencional. Manos a la cabeza, en los Teatros Luchana, parte precisamente de ese lugar incómodo: no tanto de la muerte en sí, sino de lo que permanece cuando esta irrumpe, de los restos emocionales que quedan sobre la mesa antes de que alguien se atreva a recogerlos.
Lo que comienza como una reunión festiva entre amigos —una noche atravesada por el juego, las pelucas y cierta celebración identitaria— cambia de rumbo tras la noticia inesperada de la muerte del hermano de Nina. Desde ahí, el grupo avanza por un territorio incierto donde humor, desconcierto y confidencias conviven sin orden claro. Entre bromas, silencios incómodos y estallidos emocionales, la pieza indaga en ese instante suspendido en el que nadie sabe si reír o llorar, ni cómo habitar una ausencia todavía reciente.
En su debut como dramaturga, Ana de Alva opta por una escritura directa, apoyada en el diálogo ágil y en la alternancia de tonos como principal motor dramático. El texto construye un retrato generacional atravesado por humor queer, referencias pop y monólogos dirigidos al público, donde la ironía actúa como mecanismo de resistencia frente a la pérdida. En el programa de mano, la autora reivindica “lo absurdo del duelo, lo incómodo, lo feo” y sostiene que “no hay nada más teatral que un mundo que se desmorona y una broma mala para quitarle hierro”, declaración que delimita con claridad el territorio emocional al que aspira la propuesta.

Asistimos así a una comedia con tintes de absurdo, un territorio donde la lógica tradicional pierde peso y donde, en principio, casi todo puede tener cabida. Desde ese prisma, la irrupción de elementos como el esoterismo, el mal de ojo o las deslealtades sentimentales encuentra su justificación estética. Sin embargo, la acumulación termina por configurar un cierto totum revolutum que no siempre halla una estructura interna capaz de sostenerlo. A ello se suma una sensación de reiteración: las escenas orbitan alrededor de las mismas ideas sin que el conflicto avance con verdadera progresión, lo que provoca que algunos giros resulten previsibles y que la tensión pierda intensidad. Con todo, el humor —especialmente en sus variantes de negro y absurdo— funciona como pequeño revulsivo escénico. Frases punzantes y salidas inesperadas reactivan por momentos la función y sostienen su pulso.
En la dirección, Ana de Alva (Voy a pasármelo mejor, Afrodita nacida del semen de Dios), junto a Quique Niza como ayudante, plantea una puesta en escena sencilla y dinámica, apoyada en la energía del elenco. La función mantiene un ritmo constante y evita tiempos muertos, pero ese pulso sostenido termina por homogeneizar la intensidad y mantener el conflicto en un mismo nivel emocional. Resulta interesante, en cambio, el recurso de las pelucas como gesto de despersonalización: un juego escénico que apunta a la posibilidad de esconderse tras una identidad prestada cuando el dolor resulta difícil de afrontar.
El elenco sostiene la función con entrega y compromiso físico. Existe una gran complicidad entre los intérpretes y una energía constante que evita que el ritmo decaiga. Lorena Antequera, en el papel de Ana, presenta un cuerpo escénico nervioso y activo que dinamiza cada intervención y aporta tensión. Su presencia inquieta subraya el desconcierto del conjunto y convierte su energía en uno de los motores más visibles de la función. Casi sin despegarse, la propia Ana de Alva da vida a Paula, pareja de la anterior. Es un personaje al que le falta pasión y le sobra cordura: tiene mucho corazón, pero no siempre sabe cómo usarlo. A lo largo de la velada se convierte en el blanco de las tensiones del grupo, el lugar donde los demás descargan frustraciones y reproches, una posición que la actriz asume con cierta filosofía y contención, sosteniendo el tipo sin buscar el protagonismo.
Alba Samitier compone una Nina de registro contenido, apoyada en una vulnerabilidad que atraviesa toda la función. Sostiene el peso emocional del personaje con sobriedad, evita el desborde fácil y termina por encontrar un equilibrio firme dentro del conjunto. Por su parte, Tadeo Maso construye el personaje más alocado y versátil del conjunto, con inflexiones de voz y cambios de registro que aportan riesgo y dinamismo. Es, en definitiva, el amigo que necesitas aunque a veces duela. Su trabajo juega en el límite del exceso, pero lo hace con conciencia y dominio escénico. Por último, Adrián Luque encarna a un Dani retraído, casi con el freno de mano echado, en coherencia con las exigencias del libreto. Quiere ser sincero, pero su sinceridad llega demasiado tarde, ya convertida en problema. Cuando finalmente suelta lastre y gana presencia, aflora una verdad más nítida en su interpretación y el personaje adquiere mayor profundidad.
Esta producción conjunta de La Opción y Quveo Producciones transita un territorio incómodo y reivindica el valor de la risa cuando todo parece desmoronarse. Su mirada generacional, atravesada por ironía y cultura pop, ofrece momentos de frescura y deja destellos de verdad, especialmente cuando el humor negro afina el pulso. En ese equilibrio —entre la broma y la herida— encuentra su identidad más reconocible.
Dramaturgia y dirección: Ana de Alva
Ayudante de dirección: Quique Niza
Producción ejecutiva: Quique Niza y Víctor Páez
Reparto: Lorena Antequera, Alba Samitier, Tadeo Maso, Lucas Miramón, Adrián Luque y Ana de Alva.
Diseño de vestuario: Ana de Alva
Productoras: La Opción y Quveo Producciones
Técnico de luces: Eva Crisóstomo




