La Sala Jardiel Poncela del Centro Cultural de la Villa se convierte, hasta el 18 de enero, en un campo de honor donde el tiempo y la memoria se miden frente a frente. Los Duelistas llega al escenario del Fernán Gómez para mostrar la desmesura de la obsesión humana y reafirmar que el orgullo, más que un simple motivo, puede acabar siendo un destino inevitable.
Todo empieza con un duelo aparentemente trivial que termina convirtiéndose en una persecución obsesiva de veinte años. Dos hombres del mismo ejército, D’Hubert (Francisco Ortiz) y Feraud (José Juan Sevilla/ Javier Mejía), cruzan sus caminos una y otra vez, empujados por un sentido del honor que roza la locura. Europa entera sirve de escenario, mientras uno busca justicia y el otro solo encuentra excusas para seguir combatiendo. Con el tiempo, ambos descubren que sus vidas solo cobran sentido al reflejarse en el espejo violento del otro.
Joseph Conrad proyecta en El duelo, obra de ficción publicada en 1908, una sátira antibelicista donde el honor, lejos de ser una virtud, termina convertido en una mezcla de orgullo y estupidez que encierra a los hombres en su propia cárcel. Ambientada en las guerras napoleónicas, la historia —popularizada décadas después por la célebre adaptación cinematográfica de Ridley Scott— expone la futilidad de un mundo en el que la lógica sucumbe ante la obsesión y ofrece un retrato “antihistórico” de la condición humana. Una lógica que resuena con inquietante claridad en un presente también marcado por pulsiones belicosas y disputas de dominio.

En este contexto, el libreto de Javier Sahuquillo brilla al condensar veinte años de persecución en una estructura de “duelo contra el presente”. La propuesta evita héroes y retrata a dos hombres atrapados en una neurosis de víctima fácilmente extrapolable a ciertos liderazgos contemporáneos. Pese al riesgo de que la densidad histórica lastre el ritmo, el también dramaturgo e historiador consigue una palabra afilada gracias a apartes explicativos y soliloquios que ordenan el contexto y profundizan en la psicología de los personajes, en diálogo constante con el impulso del teatro físico. El resultado es un montaje ameno y absorbente, con un ritmo clásico pero pensado para las generaciones de hoy, capaz de convertir la sinrazón en un espejo reconocible.
Emilio Gutiérrez Caba aborda la dirección desde la contención y la claridad. Su propuesta confía en el texto, como motor de conflicto, y en la verdad del reparto, por encima de cualquier despliegue espectacular. El enfrentamiento trasciende la mera sucesión de lances y pasa a ser un estado permanente, una herida abierta que atraviesa toda la función. Este maestro de la escena ordena los distintos planos del relato —histórico, psicológico y simbólico— sin que ninguno imponga su peso sobre los demás. Con los intérpretes trabaja desde la escucha, el silencio y la precisión del gesto; así, la violencia crece en cada escena hasta resultar inevitable.
El ingenio de la propuesta nos sorprende con el propio Conrad sobre las tablas. Encarnado por Daniel Ortiz (La extinción de los dinosaurios, Hernani) este narrador omnisciente despliega un humor inglés sutil para glosar las escenas y dar el contexto necesario; una voz que guía y aligera el peso del duelo con distancia irónica. A su lado, Aurora García Agud (Última lluna de Mercucio Montesc, El fin de la historia) ofrece una presencia sencilla e inspiradora, además de un notable virtuosismo al piano. Ambos intérpretes asumen también el reto de dar vida a otros personajes, con sus respectivos cambios de registro.

El duelo entre Feraud y D’Hubert sostiene buena parte de la obra gracias al trabajo de Javier Mejía y Francisco Ortiz. El primero irradia una obsesión peligrosa y un orgullo ajeno a cualquier lógica; Mejía (Las flores de Don Juan, El imaginario de Cervantes) maneja esa tensión mediante una mirada intensa y gestos medidos, reflejo de su inestabilidad. Frente a él, Ortiz (Los vencejos no sonríen, El caballero de Olmedo) aporta la calma y rectitud propias de un D’Hubert centrado en conservar el honor en mitad del caos. Ambos alternan con precisión la violencia de los lances físicos con silencios cargados de intención. Su enfrentamiento trasciende el choque de espadas y marca el pulso psicológico de toda la obra. En este sentido, la esgrima destaca como uno de los grandes aciertos visuales del montaje. Resulta inusual presenciar tales duelos en un escenario de dimensiones reducidas; sin embargo, bajo la supervisión del propio Javier Mejía, los lances son ejecutados con una precisión impecable.
La puesta en escena de Luis Crespo combina sencillez y potencia. Un gran ventanal domina el espacio como reflejo del tiempo, la memoria y la guerra; sobre él, las proyecciones de Inés Sánchez González dibujan paisajes tras los que asoma la tensión de los personajes. Tableros, monturas y muebles mínimos sugieren la ruina y ceden el protagonismo a la imaginación del público. El vestuario de Pier Paolo Álvaro mezcla uniformes de húsares y trajes civiles en una alternancia de épocas y géneros. Todo contribuye a crear un escenario que hace tangible la obsesión y la tensión del duelo.
Autor: Joseph Conrad
Adaptación: Javier Sahuquillo
Dirección: Emilio Gutiérrez Caba
Reparto: Daniel Ortiz, Francisco Ortiz, José Juan Sevilla (sustituto Javier Mejía), Aurora García Agud.
Diseño y realización del espacio escénico: Luis Crespo
Diseño y realización del vestuario: Pier Paolo Álvaro
Diseño de iluminación: Pablo Fernández
Videoescena: Inés Sánchez González
Diseño de espacio sonoro: Edu Soriano
Ayudante de dirección: Marta Gutiérrez-Abad
Maestro de armas y lucha escénica: Javier Mejía
Composición musical: Marc Servera
Maquillaje y caracterización: Carmen Fraile
Gestión económica: Amparo Tortajada
Producción ejecutiva: Cristina Barbero
Distribución: Daniel Tormo
Fotografía y vídeo: Fede Caraduje (Puerta 3)
Cartel e imagen gráfica: Patossa
Comunicación y RRSS: Clara Llorca
Producción: Yapadú Produccions




