Todo comienza como un recuerdo que vuelve con suavidad: un amor juvenil observado desde la distancia. Desde ese gesto aparentemente ligero, el relato insinúa un juego más complejo, donde memoria y forma de contar dialogan con discreción. La comedia, programada en el Teatro Amaya el próximo lunes 16, descansa en una voz femenina que revisita el pasado con ironía y lucidez, y convierte la evocación sentimental en algo más que un ejercicio de nostalgia.
Le ordeno a usted que me quiera recupera la memoria de Sofía Subirán (Jenny Llada), quien evoca su relación juvenil con un joven militar destinado en Melilla, Francisco Franco, antes de convertirse en la figura histórica que marcaría el país. A partir de las cartas que ambos intercambiaron, la obra reconstruye una historia de amor condicionada por las convenciones sociales, el desequilibrio de poder y el lugar asignado a la mujer. El relato, planteado como comedia, utiliza el humor y la distancia para revisar aquel vínculo desde una mirada crítica y contemporánea.
El punto de partida del montaje conecta con una constante en la trayectoria de Emilio Ruiz Barrachina: el cruce entre investigación histórica y construcción dramatúrgica. La obra nace de un trabajo previo de documentación y de un libro que ya abordaba este episodio desde la escritura, lo que da al texto una base sólida para quien conozca su obra. No hay voluntad de reconstrucción exhaustiva, sino de ordenar materiales reales —cartas, contexto, memoria— en un relato escénico eficaz.
El gran acierto de este montaje de Hemisphere Producciones (Survival, La pasión según Félix Grande) aparece en el punto de vista. La historia avanza desde la mirada de Sofía Subirán como centro del relato. A través de ella, la obra abre una ventana a la España de la época: la familia, las normas sociales, las convenciones morales, el peso del poder establecido y la influencia determinante de la figura paterna. El texto evita tanto la idealización como el ajuste de cuentas y articula, en su lugar, una observación atenta de ese contexto social. El lenguaje del también poeta y director resulta directo, accesible y ajeno a cualquier artificio, lo que facilita una conexión clara con el espectador actual. Más allá del episodio amoroso, la obra muestra cómo, con el paso de los años, las vidas de ambos vuelven a cruzarse de forma indirecta, como si el destino hubiera mantenido abierto ese hilo inicial.
La dirección del propio Barrachina (La comedia sin título, Magia, Una comedia fantástica) opta por una lectura contenida, confiada al texto y a su progresión natural. El trabajo sobre el espacio introduce movimiento y variedad, aleja cualquier sensación de rigidez y mantiene un ritmo fluido, mientras pequeñas intervenciones musicales y el uso puntual de una pantalla para mostrar material gráfico acompañan el relato con discreción y amplían su registro expresivo. En determinados momentos, la función agradecería un mayor apoyo visual —por ejemplo, breves fundidos a negro— para marcar con más claridad el cierre de una acción y el inicio de la siguiente. El humor surge de la palabra y de la situación, sin énfasis ni búsqueda de efecto, aunque el ritmo decae en algunos tramos y el desarrollo pierde tensión.
La función descansa por completo en Jenny Llada, actriz, vedette y figura televisiva española, a quien el público asocia habitualmente a un registro más ligero. Este trabajo supone un desplazamiento evidente hacia un tono más contenido y narrativo, y el resultado es muy satisfactorio. Llada sostiene el monólogo con seguridad y una presencia constante que ordena todo el relato.
La interpretación avanza con una naturalidad que da la sensación de estar escuchando una historia contada en confianza. Los pequeños cambios de tono, el uso expresivo de los diminutivos y ciertas inflexiones casi paródicas aparecen integrados con medida, aportando matices y ligereza sin romper el clima de la función. Su Sofía está construida desde el cariño, pero también desde una distancia crítica muy bien calibrada. Todo ello evita la complacencia y aporta una humanidad clara a un personaje habitualmente relegado a los márgenes del relato histórico.
La obra deja asomar, de manera muy discreta, una leve ucronía: la pregunta de qué habría pasado si aquel vínculo hubiera seguido otro camino. Sin voluntad de reescribir la historia, esa insinuación añade una última capa de lectura. El conjunto recupera un relato íntimo y muestra desde otro ángulo a personajes y a una época ya conocidos. En definitiva, una historia que merece ser contada.




