Las relaciones familiares constituyen uno de los territorios más transitados del teatro contemporáneo. Sin embargo, pocas veces ese espacio alcanza una verdadera complejidad dramática. La última noche con mi hermano, presentada en el Teatro María Guerrero, profundiza en esa línea a través de una estructura coral que explora distintas formas de entender la fraternidad y afrontar la pérdida dentro de ese vínculo.
A partir del diagnóstico de cáncer de Nagore, la obra entrelaza tres historias de hermanos desarrolladas de forma paralela. El vínculo entre Nagore y Alberto actúa como eje principal, mientras las otras dos relaciones amplían el foco hacia distintos contextos y realidades familiares. La estructura combina escenas del presente con episodios del pasado, reconstruyendo la historia compartida de los personajes y situando la acción en torno a la enfermedad, el cuidado y el proceso que atraviesan ante la inminente pérdida.
La escritura de Alfredo Sanzol (El bar que se tragó a todos los españoles, La casa de los espíritus) alcanza en este libreto un grado de depuración especialmente significativo dentro de su trayectoria reciente. El texto parte de un proceso de escucha, apoyado en testimonios reales y define desde el inicio un punto de partida desnudo, directo, sin intermediarios: un “teatro de difuntos hecho para dar fuerza a los vivos”. A partir de ahí, la obra avanza con una claridad poco habitual en relatos centrados en la enfermedad y la muerte. La crudeza queda integrada en lo cotidiano y convive con momentos de humor o extrañeza que evitan cualquier deriva lacrimógena. La dimensión poética atraviesa todo el texto y encuentra su fuerza en la propia construcción del relato, en la forma en que organiza la experiencia más que en el recurso a un lenguaje ornamental. En definitiva, una escritura de gran belleza, precisa y profundamente envolvente, que mira de frente a la muerte y encuentra su sentido en quienes permanecen.
A lo largo del desarrollo, el libreto amplía su alcance sin perder la transparencia inicial y articula su discurso en distintos planos. Desde el punto de vista médico, aborda la enfermedad desde lo concreto: miedos, inseguridades, deterioro y la incomodidad de exponerse, junto a la frialdad de datos clínicos y estadísticas en contraste con la vivencia emocional. En paralelo, el plano de la convivencia deja aflorar tensiones previas que la enfermedad intensifica: aparecen el odio, los reproches, las distancias enquistadas y conflictos arrastrados en el tiempo, en ocasiones atravesados por cuestiones de identidad y pertenencia que fracturan los vínculos. En ese cruce, las tres relaciones —Nagore y Alberto, Ainhoa y Claudio, Nahia y Oier— configuran una tríada que permite observar distintas formas de proximidad, ruptura y cuidado. La combinación de estos niveles aporta profundidad al conjunto y evita una lectura única.

La dirección del propio Sanzol coloca el foco en los actores y en la relación entre ellos. Todo parte de esta premisa. La escena se construye desde un planteamiento sencillo, con un espacio compartido donde las distintas historias conviven con naturalidad. El tránsito entre momentos —del humor a lo más doloroso— fluye de manera orgánica y mantiene la continuidad del relato. El trabajo de conjunto sostiene la función, con un eje claro en Nagore, que articula el recorrido emocional. La propuesta avanza con coherencia y fidelidad al texto, aunque en algunos pasajes la contención limita la intensidad y deja menos margen para contrastes más marcados.
Todas las miradas están puestas en Nuria Mencía (Uz el pueblo, Los farsantes), protagonista de una de las mejores interpretaciones femeninas de la temporada. Nagore recorre todos los estadios de la enfermedad con una naturalidad que impresiona, desde la resistencia inicial hasta la aceptación, con cercanía y una verdad escénica incuestionable. La obra arranca con Nagore ya fallecida; desde ahí, todo pasa por la memoria, lo que exige sostener la presencia desde el recuerdo. Destaca el dominio de la palabra, con parlamentos de gran precisión y pulso, junto a una evolución física y emocional presente en todo el montaje. Como apunta otro de los personajes, “Vives a tu manera, no como todo el mundo”, una frase que define con precisión el carácter de su papel.
En ese eje central, Jesús Noguero (La patética, Romeo y Julieta despiertan) construye un Alberto atravesado por el desconcierto, incapaz al inicio de asumir la situación. El recorrido muestra esa resistencia y un proceso lento hacia la aceptación. Aparece un personaje profundamente humano, con dudas, tensiones y contradicciones que el actor sostiene con solidez. La fuerza reside en ese tránsito y en la forma de acompañar a Nagore, desde la cercanía y la dificultad de asumir la pérdida.
Elisabet Gelabert (Idiota, Lady Anne) compone a Ainhoa, pareja de Alberto, desde un registro contenido, marcado por la distancia y una relación cargada de tensión. El trabajo se apoya en lo no dicho, en los silencios y en esa forma incómoda de estar con el otro. Un personaje con aristas, reconocible y con un tono propio. Cristóbal Suárez (Miguel del Arco: Ricardo III, La función por hacer) da vida a Claudio, hermano de Ainhoa y médico, un personaje clave en el desarrollo. En lo personal mantiene distancia, con una actitud esquiva y retraída, marcada por el deseo de dejar atrás el pasado. Las circunstancias lo obligan a quedarse y a implicarse. La interpretación pone el foco en esa tensión constante, en la dificultad de estar y en todo lo que arrastra, con una evolución que gana peso a medida que avanza la función.

Biel Montoro (Burpees, La nostra ciutat) y Ariadna Llobet (De l’amistat , Família (im) possible)) dan vida a Oier y Nahia, los hermanos más jóvenes. Ambos construyen una relación marcada por la cercanía y una forma de estar más directa. Aparecen la rebeldía, la necesidad de afirmarse y una ayuda incondicional que atraviesa toda su relación. No hay rencor ni prejuicios, sí ideas claras y una manera más limpia de situarse ante lo que ocurre.
La escenografía de Blanca Añón plantea un espacio diáfano, funcional, con una continuidad muy fluida entre escenas, cercana a un plano-secuencia cinematográfico. Todo ocurre en un mismo lugar, con transiciones naturales al ritmo del relato. Al fondo, la grieta abierta hacia el bosque introduce una capa simbólica ligada a la naturaleza y a la idea de libertad, presente de forma constante. La iluminación de Pedro Yagüe acompaña los cambios y marca los distintos estados. La caracterización de Chema Noci resulta precisa, especialmente en la evolución vinculada a la enfermedad. Un teatro que mira de frente a la muerte y encuentra sentido en la vida.
Texto y dirección: Alfredo Sanzol
Reparto: Elisabet Gelabert, Ariadna Llobet, Nuria Mencía, Biel Montoro, Jesús Noguero y Cristóbal Suárez
Escenografía: Blanca Añón
Iluminación: Pedro Yagüe
Vestuario: Vanessa Actif
Música: Fernando Velázquez
Sonido: Sandra Vicente
Movimiento: Amaya Galeote
Caracterización: Chema Noci
Ayudante de dirección: Eva Carrera
Ayudante de escenografía: Lidia Gómez
Ayudante de iluminación: Paloma Cavilla
Ayudante de vestuario: Sandra Espinosa
Ayudante de sonido: Pablo de la Huerga
Diseño de cartel: Emilio Lorente
Fotografía y tráiler: Bárbara Sánchez Palomero
Realizaciones escenografía: SCNIK
Utilería: Pablo Velasco
Producción: Centro Dramático Nacional y Teatre Nacional de Catalunya






