Bienvenidos. Tomen asiento. Si han tenido un perfil con foto pixelada, si han escrito en un tablón ajeno a las tres de la mañana o si aún recuerdan la contraseña de Tuenti, ya forman parte del club. No sabemos muy bien si esto es una reunión de antiguos alumnos, una asamblea secreta de socios vitalicios o un discreto encuentro swinger de nostálgicos digitales; quizá todo a la vez. Aquí nadie juzga aquel flequillo imposible, aquellas fotos con cámara frontal dudosa ni esos estados cargados de indirectas. Todos compartimos generación. Todos sobrevivimos a la era en la que Internet aún parecía un patio de instituto y no un escaparate global. En medio de esta logia milenial irrumpe Himar Armas en el Teatro Arlequín y asume, con naturalidad cómica, el papel de maestro de ceremonias de una hermandad muy concreta: la de quienes crecieron antes del algoritmo y hoy lo consultan casi como si fuera oráculo.
En un momento en el que el stand-up contemporáneo parece orbitar siempre sobre los mismos ejes —las dinámicas de pareja, la obsesión por la vida saludable o el sexo convertido en confesionario público— encontrar un territorio realmente fértil no resulta sencillo. Quedaba, quizá, un terreno menos transitado: regresar a la adolescencia digital de los años 2000 y convertirla en algo más que un recuerdo simpático. Ese espacio lo capitaliza Himar Armas con precisión. Detecta el filón, intuye que “aquí hay tema… pero vamos” y, efectivamente, va con todo.
Para quienes no frecuentan este tipo de espectáculos en vivo, el cómico canario (por si tenían alguna duda) arranca con un pequeño ejercicio pedagógico. Sitúa al público, marca unas coordenadas básicas y fija un terreno común para que nadie se quede atrás. A partir de ahí, el monólogo despega como merece: con energía alta y ritmo decidido, “como si fuera un pepino”.
Desde el primer instante queda claro cuál será el pulso y la estructura del monólogo: la de la participación del público como parte del engranaje. Armas, con una comunidad de más de 30.000 seguidores en redes sociales, plantea preguntas, recoge respuestas y convierte ese material en combustible inmediato para el espectáculo. Es una dinámica cada vez más habitual en la comedia en vivo y actuar sin red tiene sus riesgos. No seré yo quien critique su auge; cuando se maneja con cabeza, la interacción suma. El riesgo aparece al forzarla o perder el control del ritmo. Aquí no ocurre. Arranca con las preguntas clásicas —nombres y profesiones—, pero siempre dirigidas al tema. Cada respuesta entra en juego y se aprovecha. Además, se mueve con soltura en esa línea fina entre la sátira y el exceso.

Entonces cabe preguntarse qué aporta aquí a eso que algunos, los que se creen que saben inglés, llaman crowdwork. Hay un punto diferencial que marca distancia: de forma ingeniosa —y casi milagrosa por la capacidad de retención que demuestra— integra muchos de los nombres y respuestas recogidos al inicio a lo largo de más de una hora de función. No quedan como anécdotas sueltas ni como chistes rápidos de calentamiento; reaparecen, se reformulan y acaban formando parte del propio relato. Deja claro, así, que esto es un show colaborativo, pero de verdad. No es una etiqueta moderna para vender entradas, lo que pasa en la sala influye en lo que ocurre después. Cabe hacer un pequeño llamamiento a quienes deseen asistir y es que estén dispuestos a jugar. Un público tímido, cerrado o mohíno puede hacer descarrilar la función con la misma facilidad con la que uno generoso la eleva.
Pero no solo de pan vive el hombre, ni solo de chistes vive un cómico. También le toca trabajar él solo y ganarse el sueldo. Y ahí despliega un repaso amplio a los usos y costumbres de aquella época: meriendas que hoy harían saltar el detector de azúcar, primeras formas de ligar, aquellos móviles indestructibles que servían para llamar… y poco más, y aquellas series juveniles que marcaban conversación al día siguiente en clase. Hablando de clase, también hay hueco para preguntarse cómo ha cambiado —si es que ha cambiado para mejor— la educación. Y sí, para quienes se estén preguntando por qué el espectáculo se llama Generación Tuenti, hay respuesta. Y llega al final. Un cierre apoteósico que quienes tuvimos —y exprimimos— aquella red social vamos a disfrutar con especial complicidad. Y hasta ahí puedo leer.
En conjunto, el espectáculo funciona porque hay tablas y hay intención. No se queda en el “¿te acuerdas de…?”. Va un paso más allá y lo convierte en material que sostiene más de una hora. Sin postureo. Quizá por eso conecta tanto. Porque habla de una generación que aprendió a reírse de sí misma antes de que todo quedara registrado para siempre, que supo encajar el ridículo sin convertirlo en trauma y que, frente a quienes insisten en etiquetarla como frágil o de cristal, ha demostrado más cintura que drama. Una generación que se cayó, se etiquetó, se volvió a levantar… y siguió adelante. Y al frente de esa memoria compartida, Himar Armas confirma que es, nunca mejor dicho y sin posibilidad de resistirme, un cómico de armas tomar.




