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Año IXNúmero 448
18 MARZO 2026

El jardín de los cerezos: ecos de un mundo que se apaga

Un instante de la representación
Un instante de la representación
Una puesta en escena que respeta el espíritu de Chéjov y encuentra en el reparto el principal motor del montaje, donde nostalgia, humor y desconcierto acompañan el final de una época.

Estrenada en 1904, poco antes de la muerte de Anton Chéjov, El jardín de los cerezos ocupa un lugar singular dentro de la historia del teatro y ahora llega al Teatro Fernán Gómez. Bajo la apariencia de una comedia ligera sobre una familia aristocrática obligada a vender su finca, el dramaturgo ruso construyó uno de los retratos más precisos del final de una época. La desaparición del jardín que le da título funciona como una imagen poderosa del tránsito entre dos mundos: el de una aristocracia incapaz de adaptarse a los cambios y el de una nueva sociedad que avanza con una lógica muy distinta.

La adaptación firmada por Ignacio García May (Esencia) parte de una lectura que entiende la obra como la historia de una familia que ve desaparecer el mundo en el que ha vivido. El jardín funciona a la vez como un espacio real —una finca arruinada cuya única salida económica pasa, paradójicamente, por su desaparición— y como el recuerdo de una felicidad asociada a la infancia y al pasado. A partir de ahí, el texto de Anton Chekhov dibuja personajes incapaces de tomar decisiones, atrapados entre la nostalgia y el miedo a afrontar los cambios que ya resultan inevitables. La versión del también dramaturgo y profesor respeta ese núcleo dramático y logra trasladar al presente esa sensación de parálisis que atraviesa el montaje. El principal inconveniente aparece en la duración del espectáculo —dos horas y veinte minutos—, con algunos pasajes intermedios donde el ritmo pierde tensión y que probablemente habrían admitido un recorte.

La dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente (Oscar o la felicidad de existir) afronta una de las mayores dificultades del teatro de Anton Chekhov: mantener la tensión escénica en una obra donde el avance dramático resulta deliberadamente tenue. En el libreto apenas aparecen grandes giros narrativos ni acontecimientos espectaculares; el conflicto progresa a través de conversaciones, silencios y pequeños desplazamientos emocionales que revelan el desconcierto de unos personajes incapaces de actuar mientras el mundo a su alrededor comienza a cambiar. La propuesta dirige la mirada hacia esa dimensión humana del texto y construye el relato desde el trabajo de los intérpretes, donde el subtexto propio del universo chejoviano adquiere un peso importante. A ello se suma un aprovechamiento especialmente cuidado del espacio escénico, con entradas y salidas que atraviesan el patio de butacas y amplían la relación entre escena y sala. En el tramo final aparecen además cambios de estado entre los personajes, responsables de introducir nuevos matices y reactivar la tensión dramática del conjunto.

El jardin de los cerezos (2)
Un instante de la representación

El montaje adquiere además un claro carácter coral. El reparto entiende bien la naturaleza de los personajes y construye una evolución reconocible a lo largo de la función. Figuras cercanas al arquetipo dentro del universo chejoviano, aunque trabajadas con matices suficientes para evitar el estereotipo.

Entre las interpretaciones destaca la Liuba Andréievna de Carmen Conesa. La actriz compone un personaje marcado por la nostalgia y por la dificultad para asumir la pérdida del mundo al que pertenece. Su Liuba oscila entre el recuerdo idealizado del pasado y la incapacidad para afrontar las decisiones que exige el presente, dibujando una figura donde conviven ternura, ingenuidad y una cierta irresponsabilidad emocional. Conesa (Cabaret, musical) abandona el perfil musical que nos tiene acostumbrados y firma así una de las interpretaciones femeninas más destacadas de la temporada.

Por su parte, Chema León (La rosa del azafrán) encarna a Lopajin subrayando el peso social del personaje: antiguo siervo convertido en comerciante próspero frente a una aristocracia en decadencia observada con mezcla de resentimiento y ambición. Su interpretación deja ver ese resquemor propio de quien ha vivido durante años en una posición subordinada y ahora percibe el tiempo histórico a su favor. A lo largo de la función gana protagonismo hasta desembocar en un tramo final especialmente intenso, uno de los momentos más memorables del montaje, casi un siroco de locura.

Jesús Torres (Puños de harina) da vida a Trofímov, el estudiante portador de una mirada dirigida hacia el futuro. Su interpretación recoge el tono idealista del personaje y deja entrever la ironía con la que Chéjov observa a esa intelectualidad siempre dispuesta a reflexionar, aunque pocas veces a actuar. Junto a él aparece Ania, interpretada por Helena Ezquerro (Arsénico por compasión), cuya mirada llena de ilusión introduce un contraste claro frente a la melancolía dominante en la casa. Sin grandes movimientos dramáticos, la actriz sostiene el personaje desde una energía serena que anuncia la posibilidad de cambio.

Alrededor de ese núcleo principal aparece el resto del reparto. Marta Poveda compone una Varvara de carácter firme, siempre empeñada en mantener cierto orden dentro del caos doméstico. Markos Marín da vida a Gaev, hermano de Liuba, con un acento en su carácter ingenuo y algo desubicado. Cristina Marcos aporta a Carlota Ivanovna un aire entre esotérico y desconcertante, con un tono muy particular en escena. Chema de Miguel encarna a Firs, el viejo siervo, último vestigio de ese mundo en retirada. Manuel Maciá da vida a Yasha con un punto de insolencia juvenil, siempre pendiente de tontear con la criada Dunyasha; Noelia Marló compone esta última con nerviosismo y aspiraciones románticas. A ese pequeño universo del servicio se suma José Gonçalo Pais como Epijodov, figura de torpeza casi fatalista con un matiz humorístico en sus apariciones. Completa el reparto Juanma Cifuentes como Píshchik, el vecino siempre necesitado de dinero, figura de claro carácter cómico dentro de esa aristocracia decadente.

Con todo, este El jardín de los cerezos vuelve a demostrar hasta qué punto Chéjov sigue hablando al presente. Bajo la historia de una finca condenada a desaparecer late algo más profundo: la dificultad de aceptar que un mundo se termina mientras otro comienza a abrirse paso.

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