Pocas experiencias en la lírica tienen la fuerza arrolladora del preludio de Carmen cuando estalla en la sala del Teatro Real. La ópera francesa de alma española regresa a Madrid y nos recuerda por qué mantiene ese equilibrio preciso entre el gran espectáculo y la tragedia íntima. En esta ocasión, la puesta en escena evita el folclore superficial y pone el foco en el conflicto esencial que atraviesa la obra.
Aunque Carmen suele asociarse a esa Sevilla idealizada de postal, el drama que plantea Georges Bizet es, en esencia, la crónica de una degradación moral: la de Don José, un soldado cuya pasión posesiva le arrebata cualquier asidero ético. Esta producción subraya precisamente ese choque fatalista entre la libertad de la cigarrera y los celos de este. Resulta fascinante comprobar cómo esa “españolidad” tan icónica de la obra nace del ingenio de un compositor que nunca visitó España. Un ejemplo es la célebre Habanera, apropiación de El Arreglito del español Sebastián Iradier, que Bizet transforma para reflejar el magnetismo y la independencia de Carmen.
La dirección de escena corre a cargo del italiano Damiano Michieletto, regista habitual en grandes casas como la Royal Opera House y La Scala. En esta coproducción, estrenada en Londres en 2024, propone una Carmen ambientada en una España rural de los años setenta, con un enfoque naturalista y psicológico. Michieletto apuesta por subrayar la opresión social, el machismo latente y los conflictos internos de los personajes, dejando a un lado el pintoresquismo tradicional. El pulso dramático continuo convierte la obra en algo contemporáneo y cercano al espectador. En este universo destaca la presencia de los niños, quienes aportan un contrapunto tierno con carteles que señalan los saltos temporales.
Una de las decisiones más audaces de esta producción es presentar a la madre de Don José, interpretada por Lola Manzano, como presencia muda y constante en escena. Vestida de negro austero, con una gravedad que recuerda a las matriarcas de Lorca, encarna la autoridad familiar y social que condiciona al protagonista desde la sombra. Su sola aparición marca el ritmo de la obra y pone de relieve los conflictos internos del cabo navarro. Este recurso añade una dimensión psicológica intensa y refuerza la sensación de que la libertad de los personajes se ejerce dentro de un entramado de normas y presencias que los persiguen incluso en silencio.

El diseño de Paolo Fantin gira en torno a una plataforma rotatoria que transforma el escenario en comisaría, bar, cabaña o plaza de toros. Esta estructura permite un plano secuencia durante los giros y garantiza la continuidad de la acción, aunque su repetición constante resta dinamismo al conjunto. La escenografía es sobria, pero evoca con eficacia la España rural de los años setenta; un minimalismo funcional que se traslada también al vestuario, cuya excesiva austeridad reduce la fuerza expresiva de los personajes. En esta misma línea, la iluminación de Alessandro Carletti actúa como una losa simbólica sobre los protagonistas. Sus focos móviles proyectan haces que subrayan los giros dramáticos, aunque la recurrencia de este recurso distrae en ciertos momentos. Pese a ello, la paleta de colores acierta al definir los espacios y los estados emocionales sin necesidad de efectos gratuitos.
La dirección musical está habitualmente a cargo de Eun Sun Kim, pero en esta función el podio lo ocupa Iñaki Encina. La Orquesta Titular del Teatro Real responde bajo su mando con precisión y claridad, haciendo que cada detalle de la partitura se perciba con nitidez. Es un verdadero placer escuchar el preludio, la tensión y picardía de la Habanera o la delicadeza contenida de la Seguidilla, donde la interacción entre voces y orquesta resulta fluida y equilibrada. La batuta del director vasco es rigurosa y transparente, aunque en ciertos momentos se echa en falta un lirismo más profundo que intensifique los clímax.
El Coro del Teatro Real sostiene los momentos colectivos de la obra, desde el desfile de las cigarreras hasta la célebre Canción del torero. Si bien la potencia y la entrega resultan contenidas al inicio, el conjunto se afirma pronto y despliega toda su fuerza en los grandes cuadros de la representación.
Todas las miradas se concentran en Carmen, encarnada en esta función por J’Nai Bridges. La mezzosoprano estadounidense de timbre obscuro y presencia escénica contundente construye una protagonista imponente a la vez que escurridiza. Vocalmente, exhibe un instrumento bien asentado, con graves firmes y un centro sólido, que le permiten abordar con seguridad los números más reconocibles del papel. En la Habanera evita el efectismo y opta por un canto contenido y seguro, mientras que en la Seguidilla impone una mezcla eficaz de ironía y determinación. Es una Carmen inteligente y esencialmente libre, una mujer que afirma su independencia sin aspavientos y encaja con naturalidad en la propuesta escénica.
Frente a ella, Michael Fabiano interpreta a un Don José de voz brillante y entrega dramática absoluta. Su registro homogéneo permite el tránsito desde los pasajes más íntimos hasta los momentos de máxima tensión sin fisuras. En la célebre Aria de la flor (La fleur que tu m’avais jetée), el tenor de ascendencia italiana dosifica la emoción con un rigor técnico impecable. Sobre el escenario, su interpretación transmite una obsesión vulnerable; el espectador asiste a la quiebra moral de un soldado transformado en amante posesivo, preso de una espiral trágica de desenlace inevitable.
Para completar el triángulo protagonista, Luca Micheletti encarna a un Escamillo de planta imponente y voz de barítono brillante. El también dramaturgo y traductor italiano transmite con naturalidad el carisma y la arrogancia del torero gracias a una emisión segura y rotunda. Esta confianza es clave en la célebre Canción del torero (Votre toast, je peux vous le rendre), donde Micheletti une su vigor vocal a una gestualidad magnética; es la estampa del hombre convencido de su victoria.
El rol de Micaëla encuentra en Miren Urbieta-Vega un timbre luminoso y una línea de canto impecable. Su interpretación transmite inocencia y sensibilidad, con un cénit artístico en el aria Je dis que rien ne m’épouvante. En este pasaje, la soprano combina delicadeza y control técnico con tal maestría que logra la mayor ovación de la noche y firma uno de los momentos más emocionantes de la función. Sobre la escena, su presencia es discreta pero firme; irradia esa dimensión moral y religiosa que ofrece el contraste pausado frente a la intensidad de Carmen y Don José.
Ciento cincuenta años después de su estreno en París, Carmen perdura como un título incómodo y vigente. La producción del Teatro Real apuesta por una lectura coherente, centrada en el conflicto humano, que evita el folclore y sitúa la violencia y la libertad en primer plano.
Música: Georges Bizet
Libreto: Henri Meilhac y Ludovic Halévy, basado en la novela de Prosper Mérimée
Producción: Teatro Real
Coproducción: Royal Opera House, Londres
Dirección musical: Eun Sun Kim
Director en funciones 2, 3 y 4 de enero: Iñaki Encina
Dirección de escena: Damiano Michieletto
Dramaturgia: Elisa Zaninotto
Escenografía: Paolo Fantin
Vestuario: Carla Teti
Iluminación: Alessandro Carletti
Dirección del coro: José Luis Basso
Dirección del coro de niños: Ana González
Reparto: Aigul Akhmetshina, J’Nai Bridges, Ketevan Kemoklidze, Charles Castronovo, Michael Fabiano, Lucas Meachem, Luca Micheletti, Dmitry Cheblykov, Adriana González, Miren Urbieta-Vega, David Lagares, Toni Marsol, Natalia Labourdette, Marie-Claude Chappuis, Lluís Calvet, Mikeldi Atxalandabaso.
Niños: Gabriela Peña, Maya Purcarea, Martina Rebolleda, Charlotte Torres, Álvaro Torres, Javier Torres.
Actores: Lola Manzano, Ángel Burgos, Paola Cabello, Raquel Villarejo Hervás, Alexandro Valeiras, Blas Valverde.
Asistente de la dirección musical: Iñaki Encina
Directora de escena asociada: Eleonora Gravagnola
Asistentes de la dirección de escena: Álvaro Siddharta y Iñigo Santacana
Asistente de escenografía: Elena Zamparutti
Asistentes de vestuario: Emma Hollows y Anuschka Braun
Asistente de iluminación: Theo Sanders
Supervisión de dicción: Olivier Dumait





