El Gran Teatro CaixaBank Príncipe Pío acoge un acontecimiento excepcional: el regreso de María Callas a través de un holograma que desafía al tiempo. Acompañada por una orquesta en directo, “La Divina” revive en Madrid para interpretar sus grandes arias en un espectáculo que funde leyenda y presente. No es solo un concierto, es un encuentro inesperado y solemne con la solista más eminente del siglo XX, cuya presencia vuelve a llenar el escenario con una precisión asombrosa.
La propuesta, representada en varios países europeos e incluso en Estados Unidos o México, supone un salto cualitativo en el panorama sinfónico, un factor diferencial que convierte la experiencia en algo realmente único. Detrás de esta proeza técnica está la empresa estadounidense BASE Hologram, responsable del desarrollo de la imagen de la cantante mediante tecnología de última generación. En este montaje, la recreación no se limita a una proyección estática; busca que la soprano interactúe con la orquesta y la puesta en escena a través de gestos y respuestas visuales que transmiten su presencia con un realismo máximo. El resultado sorprende e inquieta a partes iguales. Reconozco que la experiencia produce cierto vértigo, pues el acabado visual es sensacional. Hay momentos específicos en los que el espectador olvida por completo que se encuentra ante una construcción artificial; su figura resulta tan convincente que la línea entre la ilusión y la realidad queda difuminada.
El espectáculo ofrece un relato que aproxima al público a la esencia de Callas, casi como un documental en directo. Las proyecciones y selecciones musicales permiten entrever su pasión por la música y su vínculo con el público. La propia cantante expresó ese sentimiento con sinceridad: “Pertenezco a quienes dan; quiero ofrecer un poco de felicidad aunque yo misma no haya tenido mucha”. Esa devoción por el arte convivía con una sensación de vulnerabilidad ante la adoración masiva, un afecto que llegó a abrumarla en más de una ocasión, pues no siempre supo reconciliar el cariño fervoroso de los espectadores con su propia necesidad de intimidad y entrega artística.
Escuchar la voz de Callas en este formato constituye un verdadero honor. Las arias revelan su claridad, la potencia de sus notas y la precisión de sus melismas, capaces de transmitir emoción incluso décadas después de su interpretación original. La Orquesta Sinfónica La Estación, bajo la atenta y enérgica batuta de Karin Somaza, acompaña con rigor y sensibilidad; se adapta con exactitud a los matices de la soprano y respeta la intensidad de cada pieza. Marian Tur, como concertino, aporta su virtuosismo y liderazgo, mientras Cristina Santirso coordina la orquesta con eficacia y precisión como gerente. No puedo dejar de mencionar a Eva Marco cuyo apoyo incansable a este tipo de proyectos contribuyen a que experiencias musicales de esta magnitud sean posibles. La combinación logra un equilibrio fascinante. La voz holográfica conserva su fuerza expresiva y, al mismo tiempo, se integra con la riqueza sonora de los instrumentos.
No voy a destripar el repertorio, porque forma parte de la experiencia descubrirlo en su totalidad, pero sí puedo adelantar que incluye clásicos que cualquier amante de la ópera reconocerá al instante: Casta Diva, L’amour est un oiseau rebelle y Vissi d’arte, entre otros. Cada pieza refleja la versatilidad de la soprano griega, capaz de pasar de la delicadeza más sublime a la fuerza dramática más intensa.
Por tópico que pueda parecer, resulta complicado describirlo con más palabras. La propuesta no busca reemplazar a la mujer de carne y hueso, pero sí logra preservar la llama de su genio para quienes nunca la vieron en vida. Lo auténtico reside en vivirlo, nota a nota, en un encuentro que trasciende la tecnología y devuelve la esencia de una voz eterna.


