Bajo las tablas del Teatro de Rojas no duerme una reliquia, sino una ciudad entera todavía en conversación consigo misma. Respiran ahí, bajo la madera y la memoria, los pregones del antiguo Mesón de la Fruta, el trajín de la Plaza Mayor, los cestos descargados al amanecer, las voces que discutían precios y destinos, las noticias que viajaban de boca en boca, los pasos de los cómicos que llegaban con más historias que pertenencias, los títeres guardados en cajas de madera, las músicas de patio, las risas secas de los espectadores antiguos y ese primer temblor de los niños que descubren, en la penumbra de una sala, que el mundo puede levantarse entero con una palabra, una tela, una luz y un cuerpo dispuesto a aparecer. Pocas imágenes explican mejor la historia cultural de Toledo que esta: un lugar nacido para el comercio cotidiano termina convirtiéndose en una casa de imaginación compartida. Allí donde se ofrecía fruta, se acabó ofreciendo comedia. Allí donde la ciudad iba a abastecerse, comenzó también a pensarse...