La obra está nominada a los Premios Max 2026 por partida doble: como Mejor Espectáculo Revelación y Mejor Autoría Revelación del propio Iván, cuyo trabajo ya conocimos en el Barrio, cuando se ocupó de la iluminación de La persistencia (con dirección de Fernanda Orazi). También lo hemos podido ver, en el Centro Dramático Nacional, como parte del elenco de Vulcano o Blast. En Teatro Español, como actor y músico en Luces de bohemia o Viaje hasta el límite. En Teatros del Canal, interpretando Comedia sin título y El público, actuando también en Mutantes (de la que además fue cocreador), o como escenógrafo en Aromas de soledad o El dios de la juventud. Con solo 23 años, tiene formación de actor, de dirección actoral, música (pianista, batería y guitarra), cantante (barítono) y pintor y escultor, y es graduado en Escenografía.
Taxidermia de una alondra nos plantea por qué disfrutamos tanto consumiendo tragedias. Se pregunta si es porque nos parece hermoso, porque se erige como herramienta útil para alcanzar nuestros deseos, y qué hay en las ficciones catastróficas que nos resulta apasionante. La taxidermia es el oficio de conservar animales muertos con apariencia de vida. Un recuerdo de lo que fue, ahora embalsamado tras un cristal. La comodidad del museo. Acercarse sin implicarse, conmoverse sin ensuciarse. Mirar lo muerto para sentirse a salvo, observar el desastre para confirmar que seguimos intactas. Pero, ¿nos basta vivirlo desde la distancia? ¿Nos sigue saciando la catarsis?
Una historia real disecada, revivida en escena. ¿Quién decide cuándo una historia deja de doler y puede representarse? ¿Dónde termina la empatía y comienza el placer de mirar? ¿Sentimos el dolor tan ajeno que nos atrae? ¿Qué revela de nosotras el deseo de presenciar o ser protagonistas de lo trágico? ¿Necesitamos una gran debacle que nos transforme?




