14 de febrero. Día de los Enamorados. Nos guste más o menos, el calendario insiste en subrayarlo con rotulador rojo. Más allá de su envoltorio comercial, la jornada funciona como recordatorio de algo esencial: celebrar el amor en sus múltiples manifestaciones —pareja, amistad, familia, vínculos que sostienen la vida cotidiana— y otorgarle un espacio explícito. Pocas vías resultan tan elocuentes como la música, capaz de condensar emoción y memoria en un mismo gesto. De la mano de una de las formaciones sinfónicas más sólidas del país, en un enclave tan privilegiado como el Auditorio Nacional, la cita se transforma en un viaje sonoro por las partituras que han dejado huella en varias generaciones.
La música romántica en el cine nunca ha sido un simple fondo: da forma a las emociones y permanece cuando la escena termina. A veces surge de manera diegética —un baile, una canción que suena en pantalla—; otras, actúa como música incidental que envuelve la acción desde fuera y la eleva. En ambos casos, la melodía convierte una mirada en declaración, una despedida en herida abierta o un reencuentro en promesa. El séptimo arte ha encontrado en la orquesta el mejor aliado para intensificar lo que sienten sus personajes y fijar esos sentimientos en quien escucha. Muchas historias de amor quizá se difuminan con el tiempo; sus temas musicales, en cambio, continúan resonando años después.
Si estas obras han definido buena parte del lenguaje emocional del cine, rendirle tributo en directo resulta casi una consecuencia natural. La Film Symphony Orchestra ha demostrado en temporadas anteriores su capacidad para articular programas monográficos de gran coherencia —desde la animación hasta repertorios de raíz clásica o propuestas temáticas como Halloween—, siempre con una clara vocación divulgativa y escénica. Tras explorar universos sonoros tan diversos, la pregunta casi es inevitable: ¿por qué no dedicar un espectáculo íntegro a las bandas sonoras que han puesto música al amor en la gran pantalla? HollyLove asume ese reto con una selección que recorre algunas de los títulos más emblemáticos del género y las reúne bajo una misma arquitectura orquestal.

Al frente de la propuesta, el director de la FSO, Constantino Martínez-Orts, confirma una cualidad que se le atribuye con frecuencia: carismático. No tanto por un gesto grandilocuente, sino por la forma en que vive y comparte cada partitura. Fiel a un estilo ya reconocible, introduce los temas, contextualiza su origen y desvela la intrahistoria de las composiciones, deteniéndose en sus autores y en las circunstancias que rodearon su creación. Esa dimensión divulgativa estructura el concierto. Sus explicaciones afinan la escucha y dotan al programa de coherencia más allá de la popularidad de los títulos.
El programa de HollyLove despliega un recorrido que abarca distintas épocas y sensibilidades del cine romántico, con una selección de temas muy bien escogida y pensada para sostener el interés de principio a fin. Desde la amplitud melódica de Lo que el viento se llevó hasta la elegancia envolvente de Memorias de África o la intensidad emocional de Leyendas de pasión, la orquesta se mueve con comodidad en un terreno donde la melodía lo es todo. Hay momentos de expansión sonora, otros más contenidos, y en ambos registros la formación responde con cohesión. El pulso se acelera en la suite de West Side Story, donde los cambios de ritmo, la rapidez de las transiciones y la precisión rítmica aportan nervio y brillantez, revelando una orquesta ágil, atenta y capaz de asumir contrastes sin perder claridad. Frente a esa tradición, irrumpen acentos más contemporáneos como la suite de Love Actually o el refinamiento melódico de La La Land, cuya vitalidad invita casi de forma inevitable a acompañar el compás con movimientos de cabeza.
Tras esto, el programa amplía el abanico emocional y refuerza el carácter reconocible del programa. El lirismo de Titanic —inevitablemente asociado a “My Heart Will Go On”— activa una respuesta inmediata en la sala, mientras la delicadeza de Memorias de una geisha introduce un clima más introspectivo. La obertura de Desayuno con diamantes aporta elegancia clásica, y “A través de las estrellas”, de Star Wars: Episodio II – El ataque de los clones, recuerda que incluso en una saga épica cabe una escritura abiertamente romántica. El tono cambia con la sensibilidad luminosa de Amélie, más íntima y casi susurrada, antes de desembocar en la energía expansiva de Moulin Rouge, donde ritmo y teatralidad imprimen un aire festivo que conecta de manera directa con el público. Aún hay espacio para alguna sorpresa final y un popurrí que funciona como juego musical y pone a prueba nuestra rapidez para identificar los temas.
Algunos de estos temas adquieren una dimensión especial gracias a las voces de Anaís Sancruz y Toni Dublet. Sus intervenciones aportan presencia y calidez a las piezas más reconocibles, con una integración natural junto a la orquesta. El pertinente juego de luces, por su parte, envuelve cada interpretación y refuerza la atmósfera de cada bloque, subrayando los cambios de tono sin distraer la atención de la música.
HollyLove demuestra que la música de cine puede sostenerse sin imágenes cuando existe calidad y convicción. La propuesta equilibra espectáculo y rigor sin limitarse a encadenar éxitos reconocibles. La Film Symphony Orchestra lo ha vuelto a hacer: convertir un repertorio popular en una experiencia sólida y cuidada. Más allá del 14 de febrero, estas partituras siguen vigentes porque forman parte de nuestra memoria colectiva. Y mientras se interpreten con esta solvencia, seguirán emocionando.




