Hay un instante —difícil de fijar— en el que la lógica empieza a desplazarse. La clave de lo imposible habita ese territorio liminal, donde mirar implica aceptar que algo no termina de cuadrar. Quizá ahí resida una de las claves de la experiencia: no todo necesita ordenarse para resultar disfrutable. En La Grada Mágica, Anthony Blake abre un territorio de duda que se prolonga al cerrar el telón y tarda en borrarse de la memoria. Como él mismo resumió en una entrevista con Jesús Quintero: “Yo no vivo de lo que hago, vivo de lo que tú ves”.
La Grada Mágica ocupa hoy un espacio propio dentro del panorama cultural madrileño. Su programación coherente y su manera de entender la magia como un lenguaje escénico plural, abierto a distintas ramas del ilusionismo y a profesionales del ámbito nacional e internacional, han consolidado una identidad reconocible. Esa mirada sostenida en el tiempo ha convertido al espacio en una referencia discreta, donde el oficio, la cercanía y la continuidad encuentran un enclave poco habitual en la ciudad.
En este contexto cobra sentido la presencia de Anthony Blake, nombre artístico de José Luis González Panizo, figura decisiva en la historia reciente del ilusionismo español. Su trayectoria, desarrollada durante décadas entre el escenario y los medios de comunicación, ha permitido que el mentalismo alcance una visibilidad poco frecuente dentro de este tipo de propuestas. Más allá del reconocimiento, su trabajo ha contribuido a consolidar esta disciplina como un lenguaje escénico basado en la precisión, el control del tiempo y una relación exigente con la mirada del espectador.
La clave de lo imposible concentra su propuesta en un trabajo preciso sobre la mente y sus mecanismos. Los números apoyan su desarrollo en la adivinación, la clarividencia y la telepatía, entendidas como ejercicios de concentración y lectura del comportamiento humano. Blake, con formación en Medicina, observa y escucha desde una mirada analítica que aporta densidad al conjunto. Esa base aflora en la lectura de gestos, silencios y decisiones mínimas, pero también en su capacidad para activar recuerdos, hacer emerger imágenes del pasado y percibir sin necesidad de mirar directamente. En ese recorrido adquiere relevancia la afirmación “Lo esencial es invisible a los ojos”, entendida aquí como una evidencia escénica: aquello decisivo no aparece ante la mirada, pero sí llega a percibirse
Junto a ese enfoque analítico emerge una dimensión más intuitiva, relacionada con la energía que proyectan las personas en escena. La noción puede parecer imprecisa, incluso cercana a lo intangible, pero cumple una función clara dentro del espectáculo: ampliar el campo de percepción más allá del dato observable. El también escritor y conferenciante incorpora esa idea como una capa adicional de lectura, útil para explicar por qué determinadas reacciones y presencias adquieren un peso específico dentro de la función. En su mente, la información irrumpe en fragmentos breves, como destellos repentinos. Blake los verbaliza casi de inmediato y los acompaña con pequeños espasmos y una teatralidad muy contenida, suficiente para dejar entrever el esfuerzo de interpretación.
Tras una experiencia construida desde la observación del pensamiento, la sugestión y los mecanismos con los que la mente interpreta la realidad, a lo largo de hora y media la pregunta “¿cómo lo habrá hecho?” aparece de manera casi inevitable. Antony Blake responde a esa inquietud con una frase que lo ha acompañado durante toda su trayectoria y que aquí funciona como punto final: “No le den más vueltas, todo lo que han visto ha sido producto de su imaginación”.




