El Pequeño Teatro Gran Vía pasa a albergar una gala de premios un tanto peculiar: todas las nominaciones llevan el mismo nombre: Pablo Meixe. Meixeverso arranca como una ceremonia donde el susodicho tiene el trofeo garantizado; la gracia está en descubrir qué versión suya compite consigo misma y cuál acabará subiendo al escenario.
En un contexto de proliferación saludable de espectáculos de humor, donde la comedia ocupa un lugar central en la cartelera y conecta con públicos diversos, también empieza a percibirse cierto agotamiento temático: monólogos sobre parejas, técnicas para ligar, el paso del tiempo o las pequeñas miserias cotidianas que, aun funcionando, repiten fórmulas y recorridos. En ese panorama, se agradecen propuestas que ensayan otros marcos y buscan salirse —al menos en el planteamiento— de ese circuito de lugares comunes. Meixeverso se sitúa ahí: no tanto por lo que cuenta como por cómo decide contarlo, alejándose del monólogo confesional clásico para abrazar un artefacto escénico más amplio.
En el centro de la propuesta está Pablo Meixe, creador de contenido que ha sabido construir una comunidad amplia y fiel —más de 350.000 seguidores en Instagram y 800.000 en TikTok— desde un humor consciente de cómo ha cambiado la comedia y de las formas en las que hoy se consume. Ese bagaje digital se traslada al escenario mediante un juego constante entre lo audiovisual y el monólogo más reconocible: vídeos, referencias cinematográficas y ritmo de clip conviven con la palabra directa y el contacto con el público, mientras la dinámica de las películas, las nominaciones y el multiverso funciona como excusa estructural para articular el espectáculo. Gala, cine y universo paralelo se convierten así en un dispositivo lúdico que permite encadenar bloques, personajes y situaciones sin necesidad de una progresión dramática tradicional.

La idea del multiverso encuentra su reflejo en las múltiples facetas que despliega el cómico gallego sobre el escenario. El espectáculo encadena personajes de nueva creación, donde Meixe demuestra dominio de la parodia y del difícil arte de la imitación mediante voces y registros que aparecen con rapidez, apoyados en continuos cambios de vestuario. El resultado es un monólogo hilarante y muy dinámico, atravesado por una energía contagiosa que genera buen rollo y ambiente, casi como si su pasado como ambientólogo hubiera encontrado, por fin, un campo de aplicación práctico.
El formato permite mucho. La sucesión de bloques funciona, el chiste entra, impacta… y pasa rápido, sin tiempo para acomodarse. Entre esos fragmentos de inspiración cinematográfica aparece también espacio para un humor más clásico, con giros bien medidos y chistes de todos los colores. Meixeverso alterna así lo más reconocible del monólogo tradicional con códigos más contemporáneos, propios de la generación Z —o de la que toque ya—, donde también cuentan la improvisación, la conversación directa con el público y esa sensación de función viva que se adapta a lo que ocurre en la sala.
Hay que tener bastante ego —o mucha guasa— para montar un espectáculo alrededor de tu propio nombre, pero Meixeverso juega esa carta sin complejos y, sobre todo, con resultado. Pablo Meixe ocupa el centro, bromea con ello y avanza con un formato eficaz y una energía que engancha. Tras dos años de gira, el show entra en su recta final con la sensación de haber cumplido su misión: no pretende dar lecciones, pero sí garantizar un buen rato… que, en comedia, ya es decir mucho.


