“Bares, qué lugares tan gratos para conversar…”, cantaba Gabinete Caligari, y esa idea resuena con ironía en el Teatro Lara, donde Maldito Bar levanta su trampilla entre mesas, cañas y conversaciones suspendidas en el aire. Lo que nos espera no es la charla amena del barrio, sino un choque frontal con el absurdo: un retrato ácido y feroz de nuestras torpezas, donde la incomunicación llega fría y la soledad se sirve como aperitivo de comedia.
La trama es un mosaico de situaciones tan banales como devastadoras. Una pareja queda atrapada en el bucle infinito de elegir una ración, varios amigos usan la confianza como arma para lanzarse viejos reproches y un joven confunde la poesía con el amor. Bajo ese techo, los camareros, bandeja en la mano, observan en silencio cómo la realidad se descompone sorbo a sorbo.
El punto de partida de Manuel Benito es una genialidad. Es cierto que la percha de un bar sirve de escenario en infinidad de obras, pero pocas la convierten en el eje vertebral de la dramaturgia. El bar funciona aquí como el centro neurálgico de deseos, frustraciones y tensiones. De hecho, su análisis daría para una tesis doctoral: el bar como espacio cotidiano que describe a la sociedad desde un enfoque antropológico y revela códigos, rituales y contradicciones. Lo que comienza como una representación realista de nuestras costumbres desemboca en el esperpento. Así, el escenario opera como un espejo deformante de los vicios, las pequeñas miserias y la torpeza casi conmovedora con la que buscamos comprensión mutua.
Desde una escritura cocinada a fuego lento, el dramaturgo madrileño, al frente de textos como Un cadáver exquisito o 337 km, presenta a los personajes con eficacia y les permite desplegar sus conflictos y zonas de fricción. La obra adopta una estructura de piezas aparentemente autónomas, siempre conectadas por el hilo común del bar. No obstante, el cierre de la historia podría resultar algo más natural, la conexión entre las escenas resulta un tanto forzada, aunque el conjunto mantiene su agudeza y entretenimiento hasta el final.

La dirección de Jacobo Muñoz imprime un ritmo ágil que garantiza la cohesión de la estructura fragmentada. Su mirada potencia la ironía y el humor ácido de Benito y permite que el absurdo emerja de la interacción entre los personajes sin necesidad de subrayados innecesarios. El también actor y pedagogo maneja con soltura los apartes cómicos y la ruptura de la cuarta pared, recursos con los que establece una complicidad directa con el público. Asimismo, su trabajo sobre el espacio escénico convierte el bar en un microcosmos vivo, donde el traqueteo de bandejas, los desplazamientos de los camareros y la circulación constante de los personajes ejemplifican el ritmo frenético y caótico de la vida cotidiana. Por último, Muñoz (El Oso y otros relatos de Chejov, El enfermo imaginario) consigue que la multiplicidad de voces y roles funcione al unísono, manteniendo la unidad del montaje pese a la diversidad de situaciones y caracteres.
Los encargados de sostener el montaje son los miembros de la joven compañía Cuatro Gatos, responsables de la energía, la cohesión y la complicidad escénica que recorren la función. En el elenco masculino, Nacho Laguna transita con soltura por el desconcierto ante la indiferencia, el aire de listillo que busca ligar y la actitud silente del camarero atento a todo cuanto sucede a su alrededor. Daniel Vitallé despliega un registro enérgico, con una gestualidad facial y corporal desbordante, y conforma un tándem especialmente sólido junto a Paula Colorado, de presencia firme, intransigente y dura. Por último, Paula Mori gana presencia a medida que avanza la función: sostiene sus personajes con garra y envuelve el montaje en una atmósfera singular gracias a su interpretación musical en directo, marcada por el desparpajo y una vis cómica bien calibrada.
Siguiendo la letra de Gabinete Caligari, “No hay como el calor del amor en un bar”, aunque en este Maldito Bar ese calor aparece atravesado por el desencuentro y una necesidad casi desesperada de atención. El montaje observa con ironía y lucidez nuestras formas de relacionarnos y nos recuerda que incluso en los espacios pensados para la conversación el amor y la comprensión rara vez resultan sencillos. Una comedia incómoda y reconocible que, entre risas y silencios, devuelve al espectador su propio reflejo.
Dirección: Jacobo Muñoz
Idea original: Manuel Benito
Dramaturgia: Manuel Benito
Reparto: Julio Peña / Jaime Bayo, Daniel Vitallé, Paula Mori / Chantal Martín, Paula Colorado, Nacho Laguna
Composición Musical: Paula Mori
Diseño de sonido: Paula Mori
Técnico de iluminación y sonido: Robi Marez
Prensa y comunicación: Manuel Benito




