En la sala Lola Membrives del Teatro Lara, el silencio no es ausencia, sino advertencia. Este montaje abre un espacio donde callar se convierte en acto político y la reflexión, en gesto de resistencia. En medio del estruendo digital y la sobreexposición constante, la obra sugiere que detenerse, cuestionar y tomar distancia quizá sea el último acto de rebeldía que nos queda.
Tras la muerte del director del Gran Teatro del Mundo, dos actores, Cristino (Emilio Rosales) y Don Fiasco (Luis Guerrero), se ven obligados a abandonarlo todo y enfrentarse a una realidad transformada. El arte ha dejado de ser pensamiento para convertirse en evasión, mientras la tecnología ha modificado conductas, gustos y criterios morales. En esta farsa distópica, la Inspección de Vidas y Espectáculos impone un «no pensamiento» único e incuestionable, obligando a los protagonistas a decidir entre la sumisión al nuevo orden o la resistencia desde la escena.
Esta producción funciona como una anomalía necesaria. En un panorama dominado por comedias y dramas predecibles, reclama su condición de espacio de reflexión y pensamiento crítico. Pertenece al proyecto de Producciones El Dramaturgo, compañía creada por Emilio Rosales para “hacer proyectos diferentes, siguiendo un sello propio que aleje de las modas y las tendencias comerciales”. El libreto, escrito por José Mateos, combina la estructura del auto sacramental —entendido no como forma religiosa, sino como dispositivo alegórico— con elementos del teatro del absurdo. Los personajes encarnan ideas y habitan un mundo regido por normas abstractas y una moral que sustituye la conciencia individual por un dogma único. La escritura enfatiza la circularidad de la acción, los diálogos que parecen no avanzar y la repetición de palabras y gestos, recursos característicos del absurdo. Sin embargo, mientras en esta corriente el diálogo es un relleno para llenar el silencio, una distracción de la angustia existencial y un intento fallido de encontrar significado, esta obra transforma la palabra en instrumento de reflexión puro. Cada intervención tiene un peso deliberado y nace de un pensamiento consciente.

Por si no fuera suficiente, Mateos (Amniótica, candidata a los Premios Max 2022 como Mejor Autoría Revelación) plantea la tensión entre arte y espectáculo, una la lucha por mantener un teatro con sentido frente a consumos culturales rápidos y superficiales, y vislumbra un futuro, quizá no tan distópico, en el que todo y todos podrían ser reemplazados por máquinas. Lo hace recuperando el teatro primigenio, los clásicos, Shakespeare, los reyes y los bufones, tanto en la forma como en el fondo, para reivindicar un teatro que dialogue con la sociedad y transforme la palabra en acto dramático. Siendo todo esto meritorio, me falta un hilo argumental más terrenal, un final quizá más tangible, algún conflicto concreto o avance que permitiera seguir más directamente la acción. Confieso que llegué a la función en un estado de cierta angustia, al intentar asir todas las referencias y el subtexto para entender cada escena. Sin embargo, es cierto que en este tipo de obras no es necesario captar todas las piezas para comprender el conjunto. De hecho, ante algún momento de confusión, me vino a la cabeza el eslogan político de “Es la economía, estúpido”, aquí aplicada metafóricamente al título de la obra: no busques el mensaje, simplemente cállate y piensa.
La dirección, a cargo del propio dramaturgo jerezano, resulta un acierto: nadie mejor que él para trasladar un libreto tan conceptual a escena sin perder coherencia. La escenificación refleja con claridad los principios del absurdo: los personajes aparecen silentes, sin rumbo y perdidos, atrapados en gestos repetitivos que acentúan su desconexión con el mundo que los rodea. La mímica adquiere un papel fundamental: los movimientos, gestos y expresiones corporales transmiten emociones, tensiones y estados de ánimo no percibidos en el texto y producen un efecto poético, cómico o inquietante, que ayuda al espectador a comprender la circularidad y el absurdo de la acción.
En la puesta en escena resulta imprescindible analizar la construcción del espacio. De forma sumamente ingeniosa, el trabajo conjunto de Mateos y Rosales logra un aura única gracias a la inclusión del teatro de sombras. Esta atmósfera se apoya en la iluminación de Berta Alfonsín y del propio Rosales, quienes envuelven la sala en tonos fríos y obscuros para marcar, por ejemplo, esa noche que nunca acaba. Mires a donde mires, incluido el propio vestuario de Begoña García González-Gordon, es un torrente de elementos simbólicos que potencia la intensidad dramática y refuerza la atmósfera conceptual de la obra.
De las musas al teatro, Emilio Rosales y Luis Guerrero demuestran que la juventud no es sinónimo de inexperiencia. Ambos asumen el reto de dar cuerpo y voz a dos personajes de enorme complejidad que funcionan menos como individuos que como vehículos de pensamiento. Mantienen el pulso de la farsa sin caer en la caricatura; se mueven con soltura entre el patetismo del bufón y la gravedad del filósofo.
Rosales da vida a Cristino (cuyo nombre sugiere la fe inquebrantable del mártir del pensamiento). Es un rol más lastimoso, quejoso y dependiente, con un aire de pureza que subraya su vulnerabilidad en un mundo absurdo. Por su parte, Guerrero encarna a Don Fiasco (nombre que apunta a la tragedia del fracaso en una sociedad que no tolera la disidencia), quien proyecta fortaleza, toma la iniciativa y articula la voz más lúcida de la pareja. Tal y como ha confesado, construye el personaje desde la gestualidad de Chéjov, una técnica física que le permite mostrar esa fuerza exterior que oculta a un ser retraído. La química entre ambos aporta ritmo y tensión a los diálogos; incluso en varias escenas introducen un aire de experimentación cercano a la improvisación que dota al conjunto de frescura y vitalidad. Son dos caras de una misma moneda: gesto, mirada y palabra se combinan para dar vida a la acción. Si han sido capaces de sostener con esa entrega estos papeles, cualquier otro rol les irá rodado.
Al final, Silencio, se piensa nos recuerda que la palabra es el único vehículo capaz de devolvernos la autenticidad del criterio propio. En un sistema que pretende medirlo todo con audiencias y algoritmos, esta obra es un elogio a nuestra capacidad de equivocarnos y dudar; es decir, a lo que nos hace humanos. Frente a un mundo que nos empuja al ruido y a no cuestionar nada, la reflexión sigue siendo nuestro último territorio de libertad.
Producción: Producciones El Dramaturgo
Producción Ejecutiva: Emilio Rosales
Dirección: José Mateos
Idea original: José Mateos
Dramaturgia: José Mateos
Diseño de escenografía: José Mateos, Emilio Rosales
Ayudante de escenografía: Marta de la Calle
Confección de escenografía: RAS Escenografía, Miguel Niño
Iluminación: Berta Alfonsín y Emilio Rosales
Diseño de sonido: Producciones El Dramaturgo
Vestuario: Begoña García González-Gordon
Diseño de cartel: Libros Canto y Cuento
Fotografía: Berta Alfonsín, Jomi Carmona y Marta de la Calle




