“¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!”. Así clausuraba Federico García Lorca La casa de Bernarda Alba. En Poncia, ese mandato final encuentra una fractura irreversible: la criada, que durante años observó, advirtió y calló, toma la palabra para relatar lo sucedido y dotar de sentido a una vida entregada al servicio de otra. Luis Luque transforma lo que el poeta granadino insinuó entre acotaciones, miradas y reproches contenidos en un ajuste de cuentas tardío. Sobre el escenario del Teatro Bellas Artes, Poncia abandona la periferia del drama y deja al descubierto las fisuras morales de una sociedad sometida al miedo, la obediencia y el luto.
Luis Luque articula un libreto capaz de condensar en apenas sesenta minutos una compleja red de temas: la dominación de Bernarda, la jerarquía femenina, la culpa de quienes sostienen el sistema desde abajo y el duelo como mecanismo de control. El director artístico de NAVE 10 Matadero subraya que Poncia, aunque socialmente subordinada, resulta indispensable y posee la “filosofía oculta de las clases populares”, es decir, un conocimiento profundo de la vida cotidiana y de las reglas no escritas que rigen su mundo. El duelo que presenciamos no se limita a Adela, sino que abarca a todas las personas aplastadas por el luto impuesto, convirtiéndose en catarsis verbal. Desde una posición liminal, la criada ha sacrificado su existencia por esa casa, pero exige que esa inmolación no resulte estéril; hablar se convierte en su último acto de resistencia.
Dentro de esta rendición de cuentas, el texto pone especial énfasis en la relación con Martirio, a quien Poncia identifica como el verdadero veneno de la familia: si Bernarda es la mano que aprieta, Martirio es el dedo que señala y la sombra que acecha, una mujer consumida por una envidia corrosiva cuyo odio no nace del poder, sino de un deseo reprimido que ha terminado por pudrirla. Frente a Adela —símbolo de una libertad tan trágica como irrenunciable—, Martirio se erige como el reflejo más obscuro de la educación materna, una pieza clave en un engranaje de represión que salta por los aires con la figura de Pepe el Romano. Este, lejos de ser un galán romántico, adquiere una dimensión simbólica y devastadora como expresión nítida del privilegio masculino; es la fuerza que desvela la falsedad del encierro, aquel que entra, dinamita el orden y provoca la tragedia para después desaparecer indemne.

Con un texto cargado de poesía, refranes y esa crudeza tan lorquiana, el dramaturgo madrileño logra un equilibrio magistral entre el homenaje fiel y la reinterpretación valiente, convirtiendo a la protagonista en una figura empoderada y feminista avant la lettre. Aunque Poncia es dura y reconoce con amargura que “nacer mujer es el castigo más grande porque ni siquiera los propios ojos les pertenecen”, el libreto se permite un giro final esperanzador y onírico. En un inteligente golpe de timón, Luque traslada a Poncia fuera de la casa opresiva, situándola simbólicamente en el mar, espacio de infancia, anhelos y libertad. Este giro libera al personaje de su rol subordinado y lo convierte en portavoz de una lucha femenina transversal, que une a criadas, hijas y matriarcas.
La doble condición de Luis Luque (Filosofía Mundana, Celebración, Europa) como dramaturgo y director imprime al montaje una coherencia y un carácter intelectual, depurado y reflexivo que caracteriza su trayectoria. Su dirección teatraliza el pensamiento y construye una atmósfera de realismo mágico lorquiano en la que el espacio escénico, prácticamente desnudo, se llena con la sola presencia de la actriz. Luque maneja el ritmo con precisión quirúrgica y alterna instantes de quietud sepulcral con estallidos de movimiento que traducen la ansiedad contenida de Poncia. Su principal acierto reside en confiar plenamente en la fuerza de la palabra y en la economía de recursos.
Lolita Flores (Llévame hasta el cielo, La fuerza del cariño, Fedra,) habita descalza el cuerpo de Poncia para reafirmar su madurez sobre las tablas. Su trabajo muestra un oficio puro frente a un personaje de complejidad humana desgarradora. Esta interpretación guarda un trasfondo emocional único: el papel actual fue un proyecto que su madre, Lola Flores, no pudo asumir en los años ochenta por problemas de agenda. Cuatro décadas después, la hija recoge ese testigo y cierra el círculo familiar.

La actuación de Lolita Flores exhibe una sólida presencia escénica y un compromiso claro con un monólogo dramático de gran exigencia. La actriz, que ya demostró su capacidad para el género en La plaza del diamante, sostiene aquí el envite con firmeza. Su interpretación huye del histrionismo para instalarse en una sobriedad desgarradora donde gestos y miradas transmiten la tensión del personaje. A través de las tres fases del libreto —el duelo inicial, la confrontación con la casa y la liberación final—, la recreación de eventos pasados añade capas de profundidad al relato. Pese a un inicio algo lineal, los cambios de registro, las inflexiones de voz y la modulación de los silencios enriquecen su presencia dramática. Estos recursos evitan que el monólogo quede limitado a la mera declamación. En definitiva, la entrega y determinación de Flores resultan evidentes durante toda la función y se reflejan en la ovación final.
El espacio diseñado por Mónica Boromello incorpora telas extensas y móviles para configurar el escenario de manera sutil pero efectiva e inteligente. Estas piezas actúan como marcos simbólicos; sugieren el encierro de la casa y la memoria de Poncia sin necesidad de decorados literales. Su disposición permite el tránsito entre presente y pasado para crear atmósferas de tensión, nostalgia o liberación. En este diseño destaca un recurso de enorme fuerza dramática: la caída cenital de las cenizas de Adela, dispositivo visual que funciona como símbolo de pérdida, duelo y memoria.
Lolita Flores juega y se envuelve en estos tejidos, los cuales cobran una dimensión especial bajo la iluminación de Paco Ariza. La luz atraviesa las telas para proyectar sombras y estampas visuales de gran valor metafórico. A través de este uso orgánico de la materia y el foco, la obra huye de artificios tecnológicos para ofrecer una propuesta artesanal donde el lenguaje visual acompaña la palabra de forma impecable.
Texto: Luis Luque (A partir de La Casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca)
Dirección: Luis Luque
Reparto: Lolita Flores
Diseño de espacio escénico: Mónica Boromello
Diseño de iluminación: Paco Ariza
Composición de música original: Luis Miguel Cobo
Diseño de vestuario: Almudena Rodríguez Huertas
Ayudante de dirección: Álvaro Lizarrondo
Fotografía: Javier Naval
Productor: Jesús Cimarro
Una producción de Pentación Espectáculos y Teatro Español




