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Año IXNúmero 442
03 FEBRERO 2026

Azúcar picante: la dulzura de lo absurdo

Imagen promocional de la representación
Imagen promocional de la representación
Propuesta audaz y teatro performativo que invita a mirarnos a nosotros mismos y a reflexionar sobre cómo afrontar una pérdida

En Nave 73, el escenario transforma lo cotidiano en un espejo que estira, tuerce y desnuda. “Azúcar picante” convierte una parada de autobús en un limbo donde el tiempo ridiculiza nuestras obsesiones y nos obliga a reír ante lo inevitable. Comedia ácida que quema como dulce caliente: cuanto más esperas, más pica.

La premisa es simple: cuatro desconocidos coinciden en una parada de autobús, cada uno cargando sus obsesiones, miedos y escapatorias ante el tiempo. Entre confesiones incómodas, humor negro y momentos de absurdo, “Azúcar Picante” revela cómo nuestras contradicciones más íntimas determinan lo que proyectamos al mundo. No esperan un autobús, esperan recuperar algo que ya se les escapó: tiempo, juventud, control, sentido.

Para introducirnos en la obra, podemos partir de un teatro de corte experimental, y qué mejor lugar que el escenario de caja negra de Nave 73, un espacio consolidado como laboratorio de creatividad y expresión artística. La joven dramaturga Fé Colucci imprime a la obra una inquietud intelectual y una voz contemporánea que dialoga con nuestra realidad. Su mirada alcanza a lo reconocible: cualquier joven puede sentirse mínimamente reflejado en esas horas de madrugada tras salir de fiesta. En este tipo de obras, comprender cada detalle por separado resulta innecesario para captar el mensaje central, que probablemente gira en torno a la manera de afrontar una pérdida.

El absurdo, heredero de Beckett y del teatro del sinsentido, impregna toda la propuesta: el lenguaje resulta a menudo ineficaz para la comunicación y la incomprensión misma forma parte del mensaje. La simbología del autobús que nunca llega funciona como metáfora de la imposibilidad de controlar el tiempo, de las obsesiones que nos arrastran y de la vida que nos desafía. De este esperpento surge gran parte del humor de la obra: lo ridículo de las situaciones provoca risa al mismo tiempo que refleja sus carencias afectivas. La ironía y el humor negro conviven con la incomodidad y la reflexión, revelando, entre altibajos, capas ocultas de los personajes… y también del propio espectador.

La construcción de roles evita arquetipos rígidos: no hay héroes ni villanos claros, sino individuos reconocibles en su humanidad fragmentada. Detrás de cada uno subyace trauma, dolor y contradicciones; un deseo irrefrenable de etiquetar y escanear al otro sin comprenderlo convive con la pulsión de abrirse, de confiar a un desconocido aquello que a veces se oculta incluso a los más cercanos. La obra despliega, de este modo, una montaña rusa emocional: primero la euforia del desenfreno y luego solo queda la resaca, esa sensación de vulnerabilidad, de pérdida y de soledad que invade el cuerpo y la mente.

La dirección de Carlos Be afronta riesgos considerables: es necesario materializar lo expuesto y clarificar el conjunto sin restarle fuerza simbólica y lo consigue con solvencia. En este montaje, Be («Muere, Numancia, muere», «Peceras», «Exhumación») apuesta con acierto por un estilo performativo y un teatro físico, donde el movimiento del cuerpo transmite emociones y conflictos internos con más certeza que la palabra. Demuestra una notable inteligencia al introducir con pertinencia y sensibilidad el desnudo humano, integrándolo en la narrativa y evitando que se perciba como un recurso gratuito. Aunque percibamos cierto exceso —seres dolidos e incontrolables— nunca se alcanza la entropía total: hay orden dentro del caos.

La música incidental acentúa las paranoias e introduce al espectador en la mente de los personajes. Piezas como Danse Macabre de Saint‑Saëns, con su danza siniestra y ritual de la Muerte, o Les Marionnettes, con hilos invisibles y control sobre los cuerpos, refuerzan la sensación de absurdo, manipulación y tensión que atraviesa a los protagonistas. La iluminación de Elvira Casalins acompaña con la misma precisión, delineando estados internos y realzando el sentido de cada escena.

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Imagen promocional de la representación

Los actores llegan entregados a la causa desde el primer instante. Su compromiso con la obra resulta evidente incluso en los pasillos antes del comienzo: han interiorizado el subtexto, los conflictos invisibles y las tensiones de sus representados, y esa comprensión anticipa la intensidad de lo que está por venir en escena.

Fé Colucci se desdobla de su faceta como dramaturga e interpreta a Cris, una mujer fuerte pero autodestructiva que arrastra un apego enfermizo condicionando sus relaciones y decisiones. Cada gesto y silencio muestran la tensión contenida hasta que emerge la explosión de emociones reprimidas, un equilibrio inquietante entre fragilidad y fuerza. Completa el reparto femenino Miriam Escabias, como Purificación, un ser silente, casi de luz, que lucha con la ansiedad mientras oculta su doble vida como camella de discoteca. La actriz («Las niñas de Humenné», «Moebius») proyecta con delicadeza la vulnerabilidad y las sombras que arrastra, creando un contraste sutil entre lo luminoso y lo oculto.

En el lado masculino, Javier Arribas interpreta a Ale, un hombre incapaz de vivir el presente que busca refugio en el sexo casual sin satisfacción, evitando enfrentar el daño que provoca a los demás. Con gran protagonismo en la acción, Arribas («Batallando la vida es sueño», «Metamorfosi») transmite fuerza y vigor, metiéndose con convicción en el papel. Irrefrenable e incluso insultante, por exigencias del libreto, cuando baja el súflé deja ver la complejidad interior que da profundidad al personaje. Por último, Jaime Moreno interpreta a Pablo, un Peter Pan de mediana edad que se aferra a una juventud perdida, construyendo un espectáculo continuo de su existencia para evitar enfrentar la realidad de envejecer. Este actor («La accidentada fuga del joven Julio Verne», «Frágil») manifiesta con convicción la energía y el exceso del personaje, un ser misterioso cuyo comportamiento arrastra ecos de deseo, nostalgia y desafío.

«Azúcar Picante» es un golpe de realidad envuelto en caramelo quemado para amantes del teatro puro. Con un lenguaje absurdo, una dirección que explota el cuerpo y un elenco entregado, la obra invita a mirarnos en un espejo deformante, reír de nuestras obsesiones y reflexionar sobre cómo afrontar una pérdida. No es teatro para quien busca respuestas; es para quien ya sabe que no las hay. No esperes el autobús. Entra. Pica. Quémate. Ríe. Y cuando salgas, tal vez por fin dejes de mirar el reloj.

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