El Teatro Infanta Isabel acoge hasta el próximo 16 de noviembre una de las propuestas escénicas más intensas y arriesgadas de la temporada: “La mujer rota”, un descenso al abismo emocional inspirado en el emblemático relato de Simone de Beauvoir. Si buscan una obra que les arranque de la comodidad de la butaca y les sumerja en las profundidades del desgarro y la crisis de identidad, esta es su cita.
El punto de partida es el volumen “La mujer rota”, publicado por Simone de Beauvoir en 1967. El libro, compuesto por tres relatos, retrata a mujeres que han vivido entregadas a los demás —maridos, hijos, familia— y que, al perder ese espejo en el que se miraban, se enfrentan al vértigo de no reconocerse. Adaptar un texto así no es habitual: su estructura interior, su tono confesional y su falta de acción externa exigen una traducción escénica que mantenga la tensión sin traicionar su intimidad, como así ocurre.
Lo intrigante —y a la vez perturbador— es que en el momento de su publicación fue duramente criticada. Se la tachó de literatura menor, incluso de relato de “novela rosa”. La paradoja es reveladora: lo que incomodaba no era su calidad, sino la crudeza con la que Beauvoir mostraba la fragilidad y dependencia de mujeres educadas para existir en función de otros. En ese espejo deformado, la protagonista, Murielle, encarna el vacío existencial de quien ha aprendido a mirarse sólo a través de la mirada ajena.
Beauvoir escribió estas páginas en un contexto en el que la segunda ola del feminismo apenas empezaba a agitar las estructuras sociales. La autora, que en “El segundo sexo” había descrito cómo la mujer era históricamente “el Otro”, lleva aquí esa teoría al ámbito íntimo: el hogar, el matrimonio, la rutina diaria. Su voz no juzga, observa; no pontifica, expone el derrumbe de una vida construida sobre la dependencia emocional.
Y ahí reside la vigencia feroz de este texto. A pesar del paso de las décadas, sigue resultando dolorosamente actual. Porque, seamos sinceros, ¿cuántas mujeres continúan edificando su identidad a partir de los demás? ¿Cuántas se desmoronan cuando el espejo —marido, hijos, familia— se rompe o simplemente deja de reflejar? “La mujer rota” nos devuelve a esa herida que sigue abierta y lo hace con la misma honestidad que un siglo atrás. Por eso su lectura —y ahora, su puesta en escena— sigue siendo necesaria: porque nos obliga a mirar el vacío, a reconocer en él las grietas que todavía atraviesan la vida contemporánea.

La dirección recae en Heidi Steinhardt quien asume un reto mayúsculo: llevar a escena un texto literario inalterable —por expreso deseo de los herederos de Beauvoir— y hacerlo desde una mirada profundamente teatral. Su propuesta se construye sobre la fisicidad y la tensión. La también actriz y dramaturga huye de lo accesorio y del efectismo, apostando por una dirección que privilegia la crudeza, la honestidad y el temblor humano del personaje. Muy pertinentes resultan las recreaciones de escenas pasadas, presentes e incluso futuribles, así como los cambios de narrador, recursos que rompen la linealidad temporal y amplían el contexto emocional y vital de la protagonista. El resultado es una experiencia contenida y asfixiante que sitúa al espectador frente a un espejo implacable del dolor y la soledad.
La propuesta visual de Alessio Meloni y Rodrigo Ortega refuerza con inteligencia la visión de la directora. La escenografía, desnuda y opresiva, reproduce una casa que ya no es hogar: un espacio despojado, encalado, donde la penumbra sustituye al calor. El vestuario, igualmente sobrio, acentúa la vulnerabilidad de una mujer que parece haberse quedado sin piel. Rodrigo Ortega, por su parte, firma una iluminación precisa y sugerente, capaz de oscilar entre la penumbra íntima y los destellos casi violentos de lucidez. En conjunto, ambos diseñadores construyen un entorno sensorial que dialoga con la palabra, sin invadirla, potenciando la sensación de encierro y desarraigo que impregna toda la función.
Todas las miradas están puestas en Anabel Alonso quien se entrega sin reservas a la causa. Expresiva, radiante y firme, afronta uno de los mayores retos de su carrera. Por tópico que parezca, se trata de un texto de enorme complejidad, no solo actoral, sino del propio material primario. La obra exige precisión, memoria e intensidad sostenida sin concesiones. Murielle —esa mujer rota por dentro, enfadada con el mundo y harta de haber sido pisoteada física y simbólicamente— se funde en Alonso convirtiéndose en parte de la escenografía: los movimientos, la respiración y la postura dialogan con las paredes, los elementos, las sombras y los rayos de luz, reforzando la sensación de encierro y aislamiento.
Por exigencias del libreto, en ocasiones parece una mujer enajenada, desquiciada; Alonso, quien ya protagonizó una versión de “La Celestina”, interpreta esos arrebatos con convicción y control notables. Las explosiones de ira y los gestos de desesperación o de nostalgia resultan creíbles y dolorosamente verosímiles, a veces incluso provocando alguna risa entre los presentes. La palabra trasciende la voz: se hace cuerpo que respira, sufre y arde. El único pero, quizá atribuible a la dirección o a una decisión de ritmo, es la ausencia de pausas y respiros que permitirían al público acompañar con mayor hondura el derrumbe emocional del personaje. Aun así, la intensidad de la interpretación atrapa al espectador en la vigilia de Murielle, compartiendo rabia, añoranza y angustia y dejando la sensación de haber sido testigo de un viaje íntimo e implacable.
La función resuena después del apagón: conmueve, incomoda y obliga a pensar. La dirección sostiene la tensión con precisión, mientras Alonso ofrece una interpretación visceral y sostenida. Lo que comienza como una confesión personal termina revelando verdades universales sobre la fragilidad, la soledad y la búsqueda de identidad, dejando un poso difícil de disipar.
Autora: Simone de Beauvoir
Dirección: Heidi Steinhardt
Reparto: Anabel Alonso
Ayudante de dirección: Ana Barceló / Manuel de Durán
Escenografía y vestuario: Alessio Meloni
Diseño de iluminación: Rodrigo Ortega
Diseño de sonido: Mariano Marín
Producción ejecutiva: Jair Souza – Ferreira
Diseño gráfico: Javier Naval
Distribución: Julio Municio
Dirección de producción: Miguel Cuerdo
Una producción de LAZONA





