Hay verdades que laten bajo la rutina, esperando el instante exacto para salir a la luz. En el Teatro Bellas Artes, una comedia de pareja convierte ese gesto —el de hablar cuando ya no queda nada por callar— en detonante de una historia tan reconocible como incómoda. Entre risas contenidas y silencios que pesan más que las palabras, el montaje desnuda la fragilidad de una convivencia sostenida en pactos invisibles y revela hasta dónde puede tensarse el amor sin romperse.
Dos personajes comparten una vida de apariencia tranquila. Han aprendido a convivir midiendo las palabras, guardando silencios que evitan heridas y preservan la paz. Un día, sin motivo aparente, deciden decirlo todo: hablar del deseo, de los miedos, de lo que no se perdona ni se olvida. Esta conversación, iniciada como un juego, termina abriendo grietas y deja al descubierto el desgaste de los años compartidos. Desde ahí, la comedia avanza entre ternura y desconcierto, recordando que la verdad, a veces, no libera sino que desordena.
La obra original lleva la firma de Salomé Lelouch, autora francesa y actriz que ha consolidado su reputación explorando con agudeza los mecanismos de la comunicación íntima. Estamos ante una de las comedias de pareja más logradas de los últimos años: un texto calibrado al milímetro, donde lo dicho y lo implicado —como plantea la Teoría de la relevancia de Deirdre Wilson y Dan Sperber— generan efecto y revelación en cada intercambio. El libreto aborda las relaciones sentimentales desde sus aspectos más cotidianos y, al mismo tiempo, los más delicados: pornografía, aborto, miedos, secretos y reproches nunca expresados. Es un repaso por los temas espinosos que muchas veces evitamos, lo que en ciencia política se denomina clivajes, aunque no profundiza demasiado en cada uno. Aun así, estos conflictos funcionan como motor dramático y permiten explorar tensiones de manera clara y directa.
Además del vínculo de pareja, el texto incorpora un componente familiar: “En tu familia nunca se dicen las cosas…”, recoge un fragmento y esa máxima se entrelaza con la idea clásica de que “si al hablar no has de agradar, será mejor callar”. Este entramado de secretos y gestos no expresados refleja cómo el respeto y la prudencia a veces constituyen herramientas esenciales para sostener los vínculos. La obra también sugiere que no siempre es necesario tener una opinión sobre todo: la duda, como señalaba Victoria Camps en su “Elogio de la duda”, puede resultar sabia en un mundo saturado de “todólogos”.
Esta versión, realizada por Fernando Masllorens y Federico González del Pino, respeta la sutileza del original y traslada con naturalidad su humor al contexto local. Ambos adaptadores, conocedores del teatro francés, anglosajón y rioplatense, logran un delicado equilibrio —al modo de Edward Albee— entre fidelidad al texto y fluidez en la lengua, combinando el ingenio parisino con el ritmo porteño. Gracias a su trabajo, la obra conserva su musicalidad y sus silencios cargados de intención, sin perder ni cercanía ni fuerza dramática.

La dirección corre a cargo de Claudio Tolcachir, un creador que concibe cada montaje como un organismo vivo, donde ritmo, espacio y silencios funcionan al unísono. Opta por la contención formal: la escenografía de Mariana Tirantte es minimalista pero versátil, con elementos móviles que transforman puertas en ventanas o camas en armarios y plataformas que mutan los espacios domésticos continuamente. La iluminación de Matías Sendón refuerza esas transiciones, recreando fiestas, ascensores, calles bajo la lluvia o tráfico urbano mediante colores, formas y plataformas luminosas en suelos y paredes.
La lectura de Claudio Tolcachir (“La Omisión de la Familia Coleman”, “La guerra de nuestros antepasados”) acerca al espectador, quien se convierte en testigo privilegiado de la intimidad de la pareja. La escena transmite una sensación de voyeurismo: cada gesto permite asomarse a la vida de los personajes, invitando a espiar y comprender sin intermediarios. El también multipremiado actor y dramaturgo privilegia la naturalidad y la autenticidad: los personajes no necesitan ser grandilocuentes, sino mostrarse con verdad y coherencia, dejando que la acción y la reacción ocupen el centro de la escena. Ni siquiera tienen nombre propio: son Ella y Él. Esa aparente simplicidad constituye el desafío para intérpretes de la experiencia de Barranco y Arias, que deben permanecer totalmente presentes, sin artificios ni apoyos que los protejan.
María Barranco aporta toda su experiencia y versatilidad, encarnando a la voz dominante de la pareja: locuaz, imparable, siempre un paso por delante en el diálogo. Sus palabras cortan y provocan, pero cada intervención está medida: sabe cuándo acelerar la conversación para desarmar a su compañero y cuándo detenerse para dejar que la tensión hable. Al mismo tiempo, la actriz –con infinidad de trabajos en cine y televisión y portadora de dos Goyas– introduce un punto de espontaneidad y absurdo, pequeños destellos de locura que rompen la previsibilidad de la escena y refuerzan el humor inteligente de la obra.
Por su parte, Imanol Arias representa el polo opuesto al de Barranco: el hombre conservador, quien ha aprendido que callar es una estrategia de supervivencia en la pareja. Su personaje parece simple, pero este archiconocido actor (“Muerte de un viajante” o “El coronel no tiene quien le escriba”) lo aborda con una ingenuidad fascinante que subraya tanto el humor como la tensión de cada escena. Su presencia escénica sostiene la intimidad y la complicidad de la pareja, creando un contrapunto sólido que permite que los destellos de espontaneidad y absurdo de su compañera brillen con mayor fuerza.
Al final, después de 75 minutos de diálogos afilados y tensos, uno se pregunta si realmente “mejor no decirlo”… o si, al contrario, mejor sí decirlo, porque todo lo que aflora en escena —humor, verdad y emoción— merece ser escuchado y seguir generando conversación después de abandonar la sala.
Autora: Salomé Lelouch
Traducción: Fernando Masllorens y Federico González del Pino
Dirección: Claudio Tolcachir
Reparto: Imanol Arias y María Barranco
Diseño de escenografía: Mariana Tirantte
Diseño de iluminación: Matías Sendón
Diseño de vestuario: Mariana Seropian y Guadalupe Valero
Diseño de sonido: Guido Berenblum
Diseño de maquillaje y peinados: Emmanuel Miño
Versión: Mercedes Morán
Ayudante de dirección: María García de Oteyza
Diseño de tocado: Mélida Molina
Voz de la niña: Nuria Herrero
Fotografía de estudio: Javier Naval
Asistente de escenografía: Emilia Pascarelli
Realización de escenografía: Mambo decorados
Gerente/regidor: Guillermo Delgado
Técnico de iluminación: José García
Técnico de sonido: Raúl Sánchez
Maquinista: Damián Ruiz
Comunicación y prensa: Javier Antolín y Isabel Martín
Productores ejecutivos: Damian Zaga y Mano Szereszevsky
Director de producción: Ariel Stolier
Productor ejecutivo España: Jesús Cimarro
Una producción de: Pablo Kompel, 11T’ ai Creaciones y Pentación Espectáculos.
Distribución: Pentación Espectáculos.





