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Año IXNúmero 440
19 ENERO 2026

La extinción de los dinosaurios: un espejo ácido de la condición humana

Imagen promocional de la representación
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Una propuesta teatral incisiva y envolvente que combina comedia negra, tensión dramática y actuaciones sólidas, dejando al espectador sorprendido y reflexionando sobre los dilemas éticos de la existencia

Con el inicio del nuevo curso teatral El Teatro Lara recupera “La extinción de los dinosaurios”, una propuesta que invita al espectador a adentrarse en un universo donde lo aparentemente imponente y seguro puede desaparecer de un instante a otro, como aquellos gigantes que una vez dominaron la Tierra.

A diferencia de otras obras, aquí es mejor no conocer prácticamente nada antes de entrar. Desde el inicio, los personajes establecen el foco y muestran cómo orbitan en torno a una decisión que puede cambiarlo todo, construyendo así una experiencia teatral de sorpresa, intensidad y un humor sutilmente mordaz.

En primer lugar, es meritorio agradecer al Teatro Lara y en especial a Antonio Fuentes por la confianza, el apoyo y por albergar producciones como la que nos ocupa, contribuyendo así a seguir apostando por talentos como el Fran Nortes, dramaturgo y director de la obra. Su trabajo es un ejemplo destacado de cómo la dramaturgia contemporánea puede combinar la comedia negra con un estudio minucioso de la condición humana. Desde la estructura narrativa hasta la construcción de los personajes, el libreto revela un diseño meticuloso en el que cada elemento cumple una función dramática precisa.

En este sentido, la obra desafía a la audiencia a cuestionar hasta dónde están dispuestos a llegar por una mejor calidad de vida, explorando los límites éticos y morales en un mundo donde las decisiones difíciles y las encrucijadas personales son inevitables. El también actor televisivo sugiere cómo los personajes pueden subir por el ascensor social, mejorando su posición y aspirando a nuevas oportunidades; ahora bien, ¿a qué precio? Al mismo tiempo, evidencia la fragilidad de ese progreso: lo que hoy parece un logro seguro puede desmoronarse mañana. Así, la obra invita a reflexionar sobre la precariedad de las estructuras sociales y sobre la constante negociación entre ambición, ética y relaciones humanas en un entramado que condiciona cada decisión, donde la supervivencia y la estabilidad rara vez son permanentes.

La habilidad de Nortes para equilibrar tensión dramática y humor ácido logran mantener al espectador en un estado de alerta constante, combinado con situaciones que provocan risa, muchas veces incómoda. En términos de lenguaje teatral, el también dramaturgo de “El secuestro” utiliza un estilo ágil y preciso, donde los diálogos funcionan tanto para avanzar la trama como para caracterizar a los personajes. Incluso algunos de ellos me recordaron al teatro del absurdo, por la dificultad de comunicación y la naturaleza cíclica de sus intervenciones, como si les costara incorporarse plenamente a la acción. No obstante, en los penúltimos compases, la obra adolece de cierta falta de impulso que empuje hacia un final de por sí ingenioso.

En cuanto a la dirección, Fran Nortes y Diana Lázaro demuestran un manejo ligero y efectivo de la puesta en escena. Al inicio, algunos movimientos de los personajes vuelven a recordarme al teatro del absurdo, por su automatismo y precisión casi mecánica, generando una sensación de alienación que centra la atención en cada gesto. A medida que avanza la narración y se desarrolla la acción, esta sensación se disuelve: los personajes fluyen con naturalidad, reforzando la espontaneidad de sus relaciones y la coherencia de la escena. Esta progresión, demuestra la habilidad de ambos directores para guiar la obra a través de distintas capas emocionales y estilísticas.

La actuación del reparto destaca por la gran complicidad entre los intérpretes. El subtexto cobra especial importancia: gestos, miradas y pausas comunican tensiones y emociones más allá de los diálogos, aportando profundidad a los personajes, que en ocasiones rozan el esperpento.

El foco de la acción recae en Jorge Monje, quien interpreta a un empleado de limpieza en una empresa. Al principio, su destino parece predestinado, ahogado entre facturas y convertido en un ser silente que atraviesa la vida sin que ésta atraviese por él. Sin embargo, una decisión transforma su trayectoria: vemos a Monje más decidido, suelto y combativo, desplegando una evolución convincente y natural. La actuación es notable, reflejando con sutileza la transición interna del personaje y manteniendo al espectador completamente involucrado en su viaje.

A su lado, Ruth Núñez interpreta a su mujer, una figura áspera y seca, también atrapada en una vida no deseada. Para ella, el fin justifica los medios y es quien realmente maneja la relación, marcando el ritmo y los límites de la convivencia. Su papel genera ambivalencia: no queda claro si actúa como un bastón que sostiene a su marido o como una piedra en la que tropieza. La actuación de esta conocida actriz televisiva transmite con fuerza esta complejidad, revelando con cada gesto y palabra capas de frustración, deseo y conflicto interno que condicionan la evolución del personaje de Monje.

Iván Villanueva da vida al director general de la compañía, un personaje impredecible y marcado por la falta de empatía. Egoísta y centrado únicamente en sí mismo, su desequilibrio mental lo convierte en el motor del conflicto, moviendo las piezas que desencadenan la acción. Se trata de un papel difícil de interpretar, que Villanueva resuelve con precisión, transmitiendo tanto la amenaza latente como la complejidad psicológica del personaje. Por último, Daniel Ortiz interpreta a un comercial inmobiliario, encargado de redondear el final y cerrar, de algún modo, el ciclo de la acción. Cumple a la perfección el papel de personaje agobiado por la presión de vender para no perder su empleo y asegurarse su variable, aportando un contrapunto realista y reconocible dentro del entramado del montaje.

La construcción escenográfica es parca y sencilla, como acostumbra la Sala Lola Membrives, pero plenamente funcional: se requieren pocos elementos para entrar de lleno en la acción. La iluminación de Pau Duvide completa el conjunto, creando atmósferas que realzan los momentos de tensión, humor y reflexión. En conjunto, la obra se revela como una propuesta diferente e interesante, recomendable para los amantes del teatro en búsqueda de historias que combinen profundidad dramática, humor sutil y una puesta en escena eficaz y directa.

Producción: Teatro Lara

Productor: Antonio Fuentes

Director: Fran Nortes y Diana Lázaro

Reparto: Jorge Monje, Daniel Ortiz / Enrique Guaza, Iván Villanueva y Ruth Núñez

Producción ejecutiva: Clara Ortega Bosch

Vestuario: Diana Lázaro

Escenografía: Asier Sancho

Luces: Pau Duvide

Regiduría: Jesús Redondo

Imagen y fotografía: Nani y Hawork

Administración: Laura Rodriguez

Marketing y ventas: Angy Abalo y Clara Ortega

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