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Año IXNúmero 451
10 ABRIL 2026

El Anticoach, desmotivando a Pablo Chiapella: Humor sin filtros. Chiapella y Lara hunden con estilo

Imagen promocional del espectáculo
Imagen promocional del espectáculo
"El Anticoach, desmotivando a Pablo Chiapella" es un duelo cómico tan irreverente como único, que celebra los defectos con descaro, garantiza risas con su audaz mezcla de sátira e improvisación y consigue que nadie salga indiferente.

En un panorama teatral donde el humor muchas veces es predecible y las fórmulas gastadas, Pablo Chiapella y Tian Lara irrumpen con una propuesta tan disparatada como desconcertante. Este espectáculo se presenta como un monólogo que desafía las normas establecidas, con una premisa tan absurda como aparentemente irresistible. La idea de desmotivar a Chiapella, un actor conocido por encarnar al optimista y entrañablemente caótico Amador Rivas en “La que se avecina”, ya es en sí un reto que garantiza carcajadas.

Desde el primer momento, «El Anticoach» se regodea en su absurda propuesta: mostrarle al público que no todos los sueños se cumplen y está bien que así sea. Esta burla al mundo de los coaches y su positivismo exacerbado toca una fibra universal: la sobreabundancia de mensajes de autoayuda que, a veces, generan más frustración que alivio. Tian Lara, el encargado de hundir emocionalmente a Chiapella, despliega su talento en un equilibrio perfecto entre la mordacidad y el absurdo, convirtiendo cada interacción en una lección de «cómo no mejorar tu vida». Este humorista, con más de 1200 actuaciones en directo y 8 años en cartelera de teatro con varias propuestas cómicas, comienza con un monólogo que da el tono perfecto al espectáculo: personal, hilarante y cargado de ironía. Desde los primeros compases, el humor brota de lo más cotidiano: el origen de su nombre y las anécdotas familiares. Lara se sumerge en un retrato autoirónico que lo humaniza y lo conecta con el público de inmediato. Pero el verdadero giro cómico llega cuando reconoce, con mordacidad, cómo su espectáculo original ha sido eclipsado por la presencia de Pablo Chiapella, combustible humorístico usado para ridiculizar, no sin cariño, a su compañero de escena.

La estructura del show, con la combinación de monólogos, improvisación y participación del público, lo convierte en un espectáculo dinámico. Chiapella, sin escudarse en el personaje que lo llevó a la fama, se presenta como él mismo, narrando anécdotas personales y profesionales con un humor autocrítico que desarma. La química con Lara es innegable, y juntos consiguen un ritmo ágil permitiendo mantener al público cautivado durante las casi dos horas de duración. Desde los primeros minutos, los presentes entienden que no es una comedia complaciente. Ambos protagonistas exponen sus miserias con desparpajo. Tian lanza puyas cargadas de sarcasmo sobre los privilegios de ser un actor conocido, mientras Chiapella responde con guiños a la experiencia que le ha dado su éxito y a su capacidad para reírse de sí mismo y sus defectos.

No cabe duda de que la improvisación es uno de los puntos más atractivos del show. La función del sábado 30 de noviembre coincidió con el cumpleaños de Pablo y las sorpresas y regalos no tardaron en aparecer. El público tiene la sensación de estar presenciando algo irrepetible sobre el escenario: los comentarios de ambos cómicos, sus reacciones a las respuestas de los espectadores, e incluso los momentos donde los asistentes toman al escenario, generan situaciones hilarantes que amplifican la conexión con la audiencia. Sin embargo, no todos los momentos espontáneos mantienen la frescura de esta premisa. En algunos tramos, la improvisación parece extenderse más allá de lo necesario, con interacciones que pierden agilidad y parecen estiradas para llenar tiempo. Esto no solo afecta el ritmo de la función, puede dar la impresión de que ambos dependen en exceso de esta herramienta, dejando en segundo plano los elementos más estructurados del espectáculo.

Aunque Pablo Chiapella insiste en no interpretar a su célebre personaje, Amador Rivas, sería ingenuo pensar que el alocado «Cuqui» de “La que se avecina” no está, de alguna manera, sobre el escenario. El carismático personaje ha acompañado a los espectadores durante más de una década y, por supuesto, se cuela en el espectáculo a través de guiños, gestos y referencias que el público no solo identifica al instante, sino que celebra con efusividad. Este recurso es un doble acierto. Por un lado, permite al cómico manchego conectar con aquellos que llegan al teatro motivados por su trabajo en televisión, entregándoles pequeñas dosis del humor que esperan. Por otro, le da la libertad de presentarse como él mismo, explorando territorios más personales lejos de la personalidad desbocada de Amador. Sin embargo, esta estrategia tiene un matiz importante: quienes realmente disfrutan plenamente del espectáculo suelen ser los seguidores del actor y su personaje. Es una dualidad difícil de resolver, pero Chiapella lo asume con inteligencia al no renegar de su pasado televisivo, sino integrándolo en su presente teatral.

En definitiva, «El Anticoach» es una propuesta diferente, gamberra y provocativa que se atreve a romper moldes dentro del género humorístico. Con su mezcla de improvisación desmedida, anécdotas personales y una sátira irreverente, el espectáculo se posiciona como una experiencia teatral única que no busca complacer a todos, pero sin duda no deja a nadie indiferente. Para bien o para mal, Chiapella y Lara se lanzan al vacío del humor más crudo y absurdo, demostrando que, a veces, reírse de las miserias –propias y ajenas– es el mejor remedio contra el tedio cotidiano.

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