Masescena - Opinión

AÑO IV  Número 192

20 ABRIL 2021

La hija del aire

 

En los tiempos del menos es más, del “imagínate que allí hay una puerta”, de hacer de la obligación virtud, de escenarios desnudos y actores pluriempleados que encarnan “en horas dos”, veinte personajes, La hija del aire  de Mario Gas reverdece antañonas sensaciones, cuando más era más. En honor a la verdad, no hay otras opciones con esta reinterpretación de la leyenda de la reina Semíramis que nos regaló don Pedro para hablarnos de tantas cosas que no caben en una crítica. De hecho, no es una obra, sino dos. El 13 de noviembre de 1653 se representó la primera parte. Tres días después, la segunda. Las presenciaron Felipe IV y Mariana de Austria, la que iba a ser su nuera y acabó siendo su esposa. No se representó en ningún corral, claro. Se representó en el Real Coliseo del Buen Retiro, lugar adecuado para las majestuosas escenografías de los Cosme Lotti y Baccio dei Bianco. Disculpen la profusión historicista, pero conviene saber que en La hija del aire más es más. Y conviene saber que Mario Gas, maduro debutante en esto del teatro clásico, ha dado con el ambiente, el tono, el aire al fin y al cabo, adecuados.

El lindo don Diego

Hace muy poco pudimos ver, en el AUREA, al ridículo don Lucas del Cigarral en Entre bobos anda el juego. El sábado, en el Corral, hizo su aparición otro de los figurones de nuestro teatro, no menos ridículo que aquel, el lindo don Diego, de Moreto, que fue la edición pasada lo que en esta es sor Juana Inés de la Cruz, hilo conductor del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Si el Lucas de Rojas Zorrilla entendía las relaciones humanas como una compra-venta en la que el que amasa más dinero tiene las de ganar, el Diego de Moreto es uno de esos tipos tan pagados de sí mismos que es incapaz de interpretar la realidad como lo haría cualquier otro. Se lo impide su ego, el alto concepto en el que tiene de su belleza, adornada con afeites y pelucas. Todo ello genera, claro, risas; para dar paso a la reflexión posterior, cuando se han apagado las carcajadas y los aplausos. O al menos así debería ser.

Con quien vengo vengo

 

A Calderón conviene oírle bien, porque esconde bombas en muchos versos. El Calderón imperial y ultracatólico convive, en la misma obra, con el plantador de semillas subversivas. Basta recordar a Clarín en La vida es sueño, el tipo cuya espada vale tan poco que puede dársela a cualquiera, así que se la entrega al nobislísmo Clotaldo. El drama calderoniano se eleva sobre el tópico. Pero también lo hace la comedia, donde a Calderón se le recuerda menos, vayan ustedes a saber por qué, ya que algunas de sus mejores obras figuran en este apartado. Ya hemos tenido ocasión de disfrutar en esta edición del Festival Internacional de Teatro Clásico La dama duende en estonio. En el AUREA pudimos Con quien vengo, vengo, mucho menos conocida, pero en la misma línea. Su gracioso, Celio, no quiere revelar a quién sirve y le responde a don Sancho (don Sancho alrededor de 1630 debía resonar igual que ahora), que es criado de Dios: “Si Dios todo lo ha criado/ ¿quién no es criado de Dios?/ Y si argumentos tan buenos/ no os dejan asegurado,/pruebo que soy su criado/ en que es a quien sirvo menos”. Esas tenemos en esta obra maestra del enredo y del disfraz, en la que la oscuridad parapeta y alienta las confusiones de identidades y en la que los nobles se enamoran de los criados, aunque resulte que no lo son.

Entre bobos anda el juego

 

Empecemos por el final: el público premió, puesto en pie, con un largo aplauso y bastantes bravos Entre bobos anda el juego, montaje al alimón de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Noviembre Teatro, dirigido por Eduardo Vasco. La versión de la obra de Rojas Zorrilla es de Yolanda Pallín. La gente aplaudió y rio porque Vasco sabe bien lo que hace, a quién se dirige y no duda en desplegar todo su arsenal, todo el repertorio de “trucos” que tan buen resultado le han dado a lo largo de su prolífica y exitosa carrera.

Marta la piadosa

 

En 1624 apareció la primera parte de las obras de Tirso. Las autoridades de la época, siempre vigilantes de la moral, se echaron las manos a la cabeza y decidieron desterrarlo. Y eso que no vieron la versión de Marta la piadosa  que estrenó Teatro Defondo este lunes en el Palacio de los Oviedo. Un espacio que se llenó y que estalló en carcajadas según avanzaba la obra, poco piadosa, porque nos cuenta los engaños de Marta para gozar el amor con Felipe, asesino de su hermano, burlando a su padre y a su hermana, que también está enamorada. La religión sirve de tapadera para que ambos se encuentren y le arrebaten de las manos al capitán Urbina, indiano enriquecido, el matrimonio concertado con Marta.

Afortunadamente el Siglo de Oro, y por ende los autores de aquella época, nos dejaron una cantidad ingente de obras, a cada cual más sorprenderte. Muchas en su mayoría desconocidas por el gran público. Tanto Jesús Gómez Gutiérrez como Aitana Galán han hecho una versión de ‘El diablo cojuelo’ de Luis Vélez de Guevara muy acorde con los tiempos que corren. Una versión que se ajusta al pasado y al presente en un montón de matices como por ejemplo: la hipocresía.

Laberinto es amor

 

“Quede muy pocas veces el teatro/ sin persona que hable, porque el vulgo/ en aquellas distancias se inquieta/ y gran rato la fábula se alarga”, aconseja Lope en su Arte nuevo de hacer comedia. Los mexicanos de La Rendija han debido de tener muy presente al maestro, porque en su versión de Amor más laberinto, que también firma la antigua directora del Festival, Natalia Menéndez, llenan el escenario de cosas y personas. Al fin y al cabo de un laberinto se trata, porque el texto, el de sor Juana Inés de la Cruz y, parece, Juan de Guevara, va trazando una tela de araña por la que se deslizan los personajes, de un amor a otro, sin saber bien a quién aman, desdeñando casi siempre al que tienen para anhelar lo que no tienen.

Laviudavalenciana

 

El omnipresente Ignacio García, director del Festival, repite una y otra vez que este debe ser la reserva natural del Siglo de Oro español. Reserva natural, no zoológico. Si fuera un zoo bastaría con exponer en jaulas las obras de aquellas ilustres calaveras. Pero el asunto es que cobren vida nueva, que se adapten al medio ambiente que les toca vivir, es decir, a nuestro ahora. En esa tarea, nunca fácil pero siempre necesaria, hay errores y aciertos, traspiés y saltos al vacío. La viuda valenciana que presenta MIC en el Palacio de los Oviedo es un intento más que aceptable de darle sentido nuevo a la comedia antigua, que fue nueva en su tiempo. La versión de Borja Rodríguez respeta espíritu y gran parte del verso de Lope, pero retoca mucho de lo que escribió, probablemente en sus años valencianos aunque la impresión de la obra es muy posterior, el Fénix. Lo mejor es que tiene sentido, que es coherente, a pesar de un final que no está a la altura de lo que iba esbozando el montaje. El final no es de Lope, no es del XVII, es el convencional del XXI como el de Lope, hombre de su tiempo y su público, era el que se esperaba por los que acudían a los corrales.

La última de las grandes obras de Lope, El castigo sin venganza,  escrita cuando Calderón asoma ya la patita en los escenarios de toda España, sirve a Helena Pimenta para despedirse de su puesto de directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, tras ocho años fructíferos, en los que ha marcado un estilo perfectamente reconocible. A él, a su estilo, ha sido fiel en su última propuesta, que se puede ver, claro, en el Hospital de San Juan de Almagro, en el rebautizado teatro Adolfo Marsillach. El “estilo Pimenta” es como el “toque Lubitchs”, un no sé qué elegante y cuidado, que se mueve, en el caso de la salmantina, en el mimo y la imaginación que despliega para planificar sus montajes, en su innegable capacidad para encontrar soluciones escénicas funcionales y atractivas, espectaculares sin estruendo, musicales y coreográficas…

Si uno dice pertinaz, en la mente de su interlocutor se dibuja la sequía con la música del NODO; si balbucea orgullo, sale el rey, el emérito, a completarlo con su satisfacción. Si de teatro hablamos, al deslizar una dama algún excéntrico pensará en la del alba de Casona, pero los más se debatirán entre la boba de Lope y la duende de Calderón. Lope y Calderón, Calderón y Lope, son un fenómeno inaudito en un país en el que las discusiones sobre la tortilla de patatas con cebolla o sin cebolla son interminables y en el que no hay quien llegue a un acuerdo para formar gobierno. Se puede ser de Lope y Calderón, mal que les pesara a ellos, como no se puede ser de los Rollings y los Beatles.

 

 

Siempre le he dado muchas vueltas al asunto, creo que también forma parte de mi trabajo, imparto talleres de crítica periodística de danza… pero últimamente me lo cuestiono más. Y supongo que el simple hecho de preguntármelo, de dudar sobre nuestra labor como personas que ejercen la crítica, y además dedicarle este espacio, me devuelve una respuesta aproximada: yo diría que no. Que no lo estamos haciendo bien. Al menos no como deberíamos. Pero, ¿cómo saber cómo deberíamos?

Se suele decir que para poder defender unos principios basados en lo moralmente correcto tienes que tener “tu casa muy limpia”. No puedes defender que todos cumplan las normas establecidas mientras que tú haces lo que te viene en gana. Es lo que vulgarmente se conoce como “la ley del embudo”. Lo ancho para mí y lo estrecho para los demás.