Masescena - Más es más en La hija del aire

AÑO IV  Número 172

30 NOVIEMBRE 2020
EN LA PODEROSA ADAPTACIÓN DE LA OBRA CALDERORIANA QUE LLEVA A CABO MARIO GAS SOBRESALEN LA ESCENOGRAFÍA Y MARTA POVEDA

Más es más en La hija del aire

La hija del aire

 

En los tiempos del menos es más, del “imagínate que allí hay una puerta”, de hacer de la obligación virtud, de escenarios desnudos y actores pluriempleados que encarnan “en horas dos”, veinte personajes, La hija del aire  de Mario Gas reverdece antañonas sensaciones, cuando más era más. En honor a la verdad, no hay otras opciones con esta reinterpretación de la leyenda de la reina Semíramis que nos regaló don Pedro para hablarnos de tantas cosas que no caben en una crítica. De hecho, no es una obra, sino dos. El 13 de noviembre de 1653 se representó la primera parte. Tres días después, la segunda. Las presenciaron Felipe IV y Mariana de Austria, la que iba a ser su nuera y acabó siendo su esposa. No se representó en ningún corral, claro. Se representó en el Real Coliseo del Buen Retiro, lugar adecuado para las majestuosas escenografías de los Cosme Lotti y Baccio dei Bianco. Disculpen la profusión historicista, pero conviene saber que en La hija del aire más es más. Y conviene saber que Mario Gas, maduro debutante en esto del teatro clásico, ha dado con el ambiente, el tono, el aire al fin y al cabo, adecuados.

La escenografía no es para ser contada, sino para ser vista. El escenario de Ezio Frigero y Riccardo Massimoni es inquietante y absorbente.

La última, grandiosa y ambiciosa producción almagreña de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de la “era Pimenta” se sustenta sobre tres grandes pilares, algunos más sólidos y sugestivos que otros: la escenografía, la adaptación de Benjamín Prado y la actuación.

La escenografía no es para ser contada, sino para ser vista. El escenario de Ezio Frigero y Riccardo Massimoni es inquietante y absorbente. Un enorme altorrelieve asirio, en el que se ve la mortal lucha entre un toro y un león, permite un imaginativo juego de luces y que los personajes se muevan en las escarpadas y agrestes alturas del templo de venus, en los palacios babilónicos, en los feraces bosques sirios… Es, quizá, el elemento protagonista de La hija del aire,  su principal arama para subyugar al espectador que entra a formar parte de un ritual extraño, primigenio y profundamente seductor a la par que perturbador. Bien traídas, también, las proyecciones fílmicas que ponen el punto poético, como las palomas (en la leyenda, que no en la obra, Semíramis no muere, sino que asciende al cielo conducida por unas palomas), o permiten en desarrollo de la acción, como los interludios de las guerras y algún asesinato.

En lo que respecta a la adaptación, no lo tenía fácil el poeta Benjamín Prado, autor de la misma. Las dos partes de la obra vienen a durar unas seis horas. Allá por 2004, Jorge Lavelli, en un montaje en el que hubo lío político, optó por representar solo la segunda parte. Dicen los que vieron entonces a Blanca Portillo que estuvo sublime. Hace un par de años, el director del Festival Internacional de Teatro Clásico de este Almagro nuestro, Ignacio García, apostó en México por “unificar y sintetizar escenas”. En esta edición del Festival ha habido otras dos propuestas con la misma obra como cimiento: Hijas del aire. Sueño de Balladyna, en la que también tiene mucho que ver García y Aire, en el Off. Ninguna ha seguido literalmente a Calderón. Prado ha sacado la podadora para dejar la obra en dos horas y cuarto. Han salido volando acciones y personajes. Se echa en falta al gracioso Chato porque no hay nadie que ponga el barroquísimo contrapunto lenguaraz y porque es el autor de dos momentos referenciales: cuando afirma que tan mala es Semíramis como su hijo, los dos extremos del gobierno; cuando dice aquello de “(…) yo soy un tonto/ y lo que he visto/ me ha hecho dos tontos”, por lo que tiene de pespunte con la modernidad “albertiniana”.

Otra cosa diferente es la actualización del verso. No suena Calderón en el Hospital de San Juan. El verso no se enrosca para desplegarse, fabuloso pavo real, después. El que habla es Prado y sus “cien por cien”, sus “pasar página”. No es lo mismo, aunque lo mismo se pretenda. La tarea era colosal y en ese apartado hay ocasiones en las que se intuye el sonido de los pies de barro.

Está, por último, la actuación de un elenco muy sólido, casi sin fisuras, en el que destaca Marta Poveda, especialmente acertada en la primera mitad, en la que, encerrada en una cueva, se enfrenta, segundo Segismundo, a la prisión impuesta por el temor a que se cumpla un vaticinio, que, por supuesto, se confirmará. Salvaje y natural, brilla Poveda entonces.

Hay, sin duda, algunos defectos en La hija del aire, pero no merece la pena subrayarlos, porque se pierden en una obra monumental, en la que más es más. Una pena que venga a morir a Almagro, porque la inversión, y no hablo solo de la económica, bien merecería más, que más gente la disfrute. Más es más.

 

Dirección Mario Gas

Adaptación Benjamín Prado

Video escena Álvaro Luna

Vestuario Franca Squarciapino

Composición musical y audio-escena Orestes Gas

Escenografía Ezio Frigerio con Riccardo Massinori

Iluminación Fiammetta Baldiserri

 

Reparto

(Por orden alfabético)

José Luis Alcobendas

Jonás Alonso

Marta Betriu

Lander Iglesias

Ariana Martínez

Aleix Peña Miralles

Silvana Navas

Ricardo Moya

Agus Ruiz

Germán Torres

Pietro Olivera

Marta Poveda

José Luis Torrijo

David Vert