Masescena - Opinión

AÑO IV  Número 200

21 JUNIO 2021

Iba a celebrarse en abril, como viene siendo habitual, pero la pandemia obligó a que el Certamen Coreográfico Distrito de Tetuán, como tantos festivales y espectáculos, quedara suspendido en la incertidumbre. Finalmente, el pasado fin de semana y con un gran esfuerzo por parte de sus organizadores, este concurso que nació en Madrid hace ya siete ediciones y toma impulso en cada una de ellas como termómetro imprescindible de la creación coreográfica del país, pudo hacerse. También decirse cosas con ello. Por ejemplo, que a pesar de las enormes dificultades que vive el mundo de la danza, como tantos sectores en esta crisis mundial, desde lo pequeño no se desfallece. Que si hay oportunidad para demostrar que con las medidas de seguridad pertinentes se puede seguir haciendo danza, se hace. Y que si existe un resquicio por el que dejar pasar un poco de aire fresco para que la danza, la más emergente en este caso, siga respirando, se abre la ventana. Todo esto, que no es poco, tuvo lugar en una edición especial, la primera dirigida por el bailarín y coreógrafo Daniel Doña en solitario, tras seis ediciones al frente del certamen junto a la bailarina y coreógrafa Teresa Nieto. El resultado cristalizó en tres días de danza contemporánea y española, que si bien dejó ver una corrección confortable en las propuestas y una evidente influencia de la danza israelí (especialmente de la creadora Sharon Eyal, puntera en el panorama internacional), también dibujó un reseñable mapa de voces.

En estos tiempos en los que todo el mundo anda en la búsqueda de soluciones para convivir con la pandemia, la situación de la cultura en la Comunidad de Madrid ofrece una realidad que debe tenerse muy en cuenta: tras meses de actividad en teatros y cines, el resultado ofrecido por las estadísticas es de cero brotes en las actividades culturales.

Desde ESCENOCAM (Asociación de Compañías Profesionales de Artes Escénicas de Castilla-La Mancha) apreciamos todos los esfuerzos que se están haciendo para controlar los nuevos brotes de COVID-19, tanto en el ámbito sanitario como social y de igual forma las medidas adoptadas por el gobierno regional y las administraciones locales y provinciales. Así mismo nos abrazamos solidariamente a todas las víctimas, a sus familiares, a sus amigos, a sus vecinos y a todos los que han visto su vida afectada por esta pandemia.

El miércoles se estrenaba, como colofón de la 66 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, la última de las producciones que han podido pasar por la arena del Teatro Romano, en esta más que especial edición de la cita emeritense. El recinto podría haber registrado un lleno absoluto, pero registró su lleno particular, el 50% del aforo. La producción del Festival de Mérida y Pentación Espectáculos, una de las más esperadas, no defraudó.

El pasado miércoles el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Atakama Creatividad Cultural estrenaban en el marco del Teatro Romano la penúltima de las producciones que componen la programación oficial de este año, Cayo César, escrita por Agustín Muñoz Sanz, y dirigida por Jesús Manchón. La obra es la última de las propuestas extremeñas que este año pisan la arena del teatro. Y eso, se notó. Se notó porque el público, en pie, ovacionó la interpretación del grueso de la compañía. Aunque, el más aplaudido, sin duda, fue Juan Carlos Tirado, ovacionado con aplausos y palabras que el respetable dedicó al actor extremeño.

“La gente tiene ganas de reír. La gente necesita reír y pasárselo bien. Por los que lo han superado, y por los que desgraciadamente no están”. Estas palabras del director de la obra, Pepe Quero, ponían de manifiesto el verdadero propósito de la compañía que el pasado miércoles estrenaba en el Teatro Romano de Mérida la obra de Plauto, La comedia de la cestita (Cistellaria). Un juguete teatral de enredos, música y buen humor, sobre todo, mucho humor. Una comedia que, hasta el momento, no se había representado en la cita emeritense.

Cada vez toma más peso la idea de hacer teatro contemporáneo sobre textos clásicos. Y en algunos casos, como el que nos ocupa, la versión proviene de la revisión de otra versión. Estos días se ha interpretado sobre la arena del Teatro Romano de Mérida la obra Anfitrión, versionada y dirigida por Juan Carlos Rubio, uno de los directores y autores más reclamados del momento.

Antígona, el personaje que surge súbitamente de la flaca muchacha morena y reconcentrada (Irene Arcos) y que se erguirá sola contra el mundo. Sola frente a Creonte, su tío, que es el rey. Piensa que va a morir, que es joven, y que a ella también le hubiese gustado vivir. Pero no hay nada que hacer. Se llama Antígona y tendrá que representar su papel hasta el final. Siente que se aleja, se aleja de todo el público que está mirándola, de los que no tienen que morir esa noche.

Al final, el teatro son actores. Lo demás es idea o parafernalia y posibles, pero para cobrar vida, concretarse, el teatro necesita de actores. La Factoría lo entiende a la perfección y coloca a estos en el centro de sus producciones, pensadas para que se luzcan, para que muestren de qué son capaces. Y son capaces de mucho, según hemos podido ver en el Palacio de los Oviedo, en dos noches consecutivas, a dos Novelas ejemplares por velada. Iban a ser tres, pero el coronavirus adelgazó el programa.

Es difícil imaginar un género que le venga mejor a Ron Lalá que el entremés, especialmente el entremés de después de Quiñones Benavente, ese que no acaba a palos, sino a bailes y canciones. No es extraño, pues, que triunfara, una vez más, en el Aurea del Festival de Almagro, con sus Andanzas y entremeses de Juan Rana. Y que lo hiciera a lo grande. Porque había ganas, muchas ganas, de Ron Lalá. Porque se nota el enorme trabajo que sustenta la función. Porque la fórmula que han desarrollado Yayo Cáceres y Álvaro Tato, que  en anteriores citas dio leves muestras de cansancio, funciona a la perfección con Cosme Pérez, artista bujarrón, dueño y señor de las tablas áureas en las piezas cortas, alcalde perpetuo, matasanos, bobo profesional, máscara y estereotipo, rey y reina del teatro reidor, ese que levantaba las malas comedias y hacía lucir las buenas, amo, en fin, de la Jocosería.

La Compañía Nacional de Teatro Clásico, en colaboración con el Instituto Cervantes. presentó en el Corral de Comedias de Almagro “Alma y palabra”, texto de José Carlos Plaza, a partir de poemas de San Juan de la Cruz con Lluís Homar y Adriana Ozores. 

Cuando te enfrentas a los clásicos hay, al menos, tres maneras de hacerlo. La primera es tomar el texto y tratar de reproducirlo fielmente, adaptándolo lo menos posible. La segunda es reinterpretarlos, hacer una lectura contemporánea de los mismos. Normalmente, no nos encontramos estos dos fenotipos en su estado más puro, sino acriollados. Hay, y a eso vamos, una tercera forma. Se trata de no tomar los textos como base, sino como muleta para contar una historia. Lo hace Ron Lalá, por poner un ejemplo. Y es lo que han hecho Anna Marí y Daniel Tormo en la segunda propuesta de CRIT en los Oviedo para este Festival: El increíble asesinato de Ausiàs March.