Masescena - Opinión

AÑO V  Número 214

21 SEPTIEMBRE 2021

La reflexión pertinente ante la Antígona de David Gaitán es si estamos ante la Antígona de Sófocles o si lo que vemos sobre el escenario es otra cosa, traspasando el acuerdo implícito que existe al denominar con el mismo título una obra, que aún partiendo de los cimientos clásicos, es de nueva creación. 

En cualquier entrevista con artistas plásticos, escritores, músicos o actores, siempre hay unos segundos de silencio en los que “la pregunta” sobrevuela la conversación. Es siempre un momento incómodo, y la mayoría de las veces vuelve a esconderse en el cuestionario. Hablar de dinero y arte no deja de ser considerado una impertinencia, una grosería o hasta un ataque a la libertad creativa, llegando incluso a la ofensa personal en el caso de algunos artistas plásticos. 

Por muy pesadas que sean las cadenas, en sus huecos siempre habita la música. Espacio en blanco para la esperanza. Cadenas que aparecen en la historia y que nunca vemos venir, que atacan llegadas desde detrás del escenario y después resultan difíciles de liberar. Hace apenas un mes no hubiéramos podido imaginar ni las nuevas cadenas que atrapan al mundo, ni cómo cambiaría el significado de una melodía tradicional de las mujeres pastún del sur de Afganistán en las voces de Marta Torrella y Helena Ros, Tarta Relena, en la iglesia de San Martín de Tous en Frómista (Palencia). 

La noche era negra en los páramos, el destino podría ser cualquier pueblo y cualquier tiempo. Calles oscuras de casas grandes de una sola planta. En un callejón se ocultan las luces de este teatro con tantas funciones vividas. No es difícil verse arrastrado por el tiempo y por la memoria colectiva. Tantos miedos, tantos silencios, tantos grilletes. Fuera, la noche oscura. Dentro, doña Concha Piquer canta ‘El Romance de la Otra’. Un niño, vestido de amarillo mueve los labios soñando vestir bata de cola sobre el escenario. “No tengo ley que me abone, ni puerta donde llamar”.

Cruzar la noche negra, una noche negra que ya dura varios años, hasta llegar a un pequeño pueblo de Valladolid con apenas un centenar de vecinos, pero que durante el último milenio tuvo la energía suficiente para ser la cuna de Juan Ponce de León, descubridor de Norteamérica o Francisco de Villagra conquistador de Chile. Santervás de Campos se llama este lugar presidido por la bella iglesia mudéjar de San Gervasio y San Protasio. 

Desde que el director del Ballet Nacional de España, Rubén Olmo, presentara hace unas semanas a medios de comunicación su nueva gran producción, La Bella Otero, algo presagiaba que sería uno de los grandes éxitos del cierre de esta temporada donde nos hemos ido acostumbrando a acudir con cierta nueva normalidad al teatro. Y así fue. Con las manos aún temblorosas de aplaudir, el corazón encogido, y un público por completo puesto en pie, se premiaba a la compañía estatal por la inolvidable tarde vivida en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.

Esta columna está escrita desde un marco incomparable, justo después de haber asistido a una magnífica obra de teatro, acudir a un impresionante restaurante, ubicado en un espacio único y de haber sido testigo de un memorable concierto en el que vimos salir las musas de entre los instrumentos. Otra cosa es lo que cada una y cada uno considere como marco incomparable, magnífico, impresionante, único o memorable, alguno de esos adjetivos vacíos con los que regamos nuestras crónicas cuando en realidad no tenemos nada que decir. Lo de las musas ya es hipérbole propia, otra herramienta poética que reconozco que también manejo en ciertas ocasiones como fuga ante la incapacidad propia para valorar lo vivido.

“Allá en Garganta la Olla, / siete leguas de Plasencia, / habitaba una serrana / alta, rubia y sandonguera”.  Acá en Almagro, a más de trescientos kilómetros de Plasencias y a muchos más años de distancia, revive de nuevo la historia de esta serrana alta, rubia y ‘sandonguera’ en el Teatro Municipal. 

Iba a celebrarse en abril, como viene siendo habitual, pero la pandemia obligó a que el Certamen Coreográfico Distrito de Tetuán, como tantos festivales y espectáculos, quedara suspendido en la incertidumbre. Finalmente, el pasado fin de semana y con un gran esfuerzo por parte de sus organizadores, este concurso que nació en Madrid hace ya siete ediciones y toma impulso en cada una de ellas como termómetro imprescindible de la creación coreográfica del país, pudo hacerse. También decirse cosas con ello. Por ejemplo, que a pesar de las enormes dificultades que vive el mundo de la danza, como tantos sectores en esta crisis mundial, desde lo pequeño no se desfallece. Que si hay oportunidad para demostrar que con las medidas de seguridad pertinentes se puede seguir haciendo danza, se hace. Y que si existe un resquicio por el que dejar pasar un poco de aire fresco para que la danza, la más emergente en este caso, siga respirando, se abre la ventana. Todo esto, que no es poco, tuvo lugar en una edición especial, la primera dirigida por el bailarín y coreógrafo Daniel Doña en solitario, tras seis ediciones al frente del certamen junto a la bailarina y coreógrafa Teresa Nieto. El resultado cristalizó en tres días de danza contemporánea y española, que si bien dejó ver una corrección confortable en las propuestas y una evidente influencia de la danza israelí (especialmente de la creadora Sharon Eyal, puntera en el panorama internacional), también dibujó un reseñable mapa de voces.

En estos tiempos en los que todo el mundo anda en la búsqueda de soluciones para convivir con la pandemia, la situación de la cultura en la Comunidad de Madrid ofrece una realidad que debe tenerse muy en cuenta: tras meses de actividad en teatros y cines, el resultado ofrecido por las estadísticas es de cero brotes en las actividades culturales.

Desde ESCENOCAM (Asociación de Compañías Profesionales de Artes Escénicas de Castilla-La Mancha) apreciamos todos los esfuerzos que se están haciendo para controlar los nuevos brotes de COVID-19, tanto en el ámbito sanitario como social y de igual forma las medidas adoptadas por el gobierno regional y las administraciones locales y provinciales. Así mismo nos abrazamos solidariamente a todas las víctimas, a sus familiares, a sus amigos, a sus vecinos y a todos los que han visto su vida afectada por esta pandemia.

El miércoles se estrenaba, como colofón de la 66 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, la última de las producciones que han podido pasar por la arena del Teatro Romano, en esta más que especial edición de la cita emeritense. El recinto podría haber registrado un lleno absoluto, pero registró su lleno particular, el 50% del aforo. La producción del Festival de Mérida y Pentación Espectáculos, una de las más esperadas, no defraudó.

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